Leo y Luca en nunca jamás

octubre de 2011

Tarde de juego en casa

31 de octubre de 2011 en La vida de Leo

Me gusta ser puntual. Si hay que llegar a un sitio intento siempre hacerlo a la hora a la que he sido citado. Bueno, menos para el médico. Aunque para el caso da lo mismo, ahí por mucho que me retrase siempre llegaré antes de lo que me toca, que hay que ver cómo está la sanidad.

Lo de la puntualidad es una virtud que he heredado de mis papás, que ellos se toman lo del o´clock al pie de la letra. De hecho creo que mi mamá ha sido la única novia que ha hecho tiempo esperando en el coche para llegar al altar de tan sobrada que iba. No obstante sé que hay que conceder unos minutos de rigor después de la hora pactada antes de empezar a considerar que a uno lo han dejado plantado o que se le tiene muy poco respeto, porque por todos es comprensible un imprevisto de última hora o simplemente porque la persona con la que has quedado es una tardona. Pero, ¿qué pasa cuando el retraso excede lo amistosamente tolerable? ¿Implica eso que alguien acabe enfadado? Mi respuesta inmediata fue que sí, pero luego pensando lo que el otoño ha tardado en llegar he reconsiderado mi respuesta.

Este año la estación de las castañas no se ha retrasado una semana, ni diez días, ni veinte, no, ha llegado casi un mes después de lo previsto, ¡y yo tan feliz! Porque gracias a eso he podido disfrutar en manga corta de muchas más tardes de parque de las que esperaba. Y aunque en clase mi seño Rocío nos había enseñado la canción del “otoño llegó, y el viento de otoño, sopla, soplará…” por ningún sitio veíamos las hojas marrones, ni la lluvia ni el viento que sopla, soplará. Hasta hace un par de días en que lo bueno se acabó por culpa de la primera borrasca de la temporada, que sí, trajo hojas marrones, lluvia y un montón de viento. Así que después de un montón de meses de salidas vespertinas ahora las tardes hemos de pasarlas en casa. Y no es que me importe, que por suerte tengo un cuarto de juegos para mí solito (vale, también para Luca ahora) y con un montón de juguetes que últimamente han estado un poco olvidados. Pero como siempre hay un pero, porque si me quedo en casa… ¿cuándo voy a ver a mis amigos del parque? Porque sí, a los del cole los veo cada día, pero ¿qué pasa con los otros? ¿Tengo que esperar a que llegue abril para volver a estar con ellos? Por suerte para nosotros no, que ya se sabe que si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Es por eso que mi amigo Fran se vino una tarde desagradablemente lluviosa a jugar a casa. Enseguida lo llevé a mi cuarto donde, como no podía ser de otra forma, empezamos a sacar todos mis juguetes. Hubo algún conflicto que otro por la posesión de alguno de ellos pero nada que no pudiéramos solucionar con la mediación de nuestras mamás. Suerte que botes de plastilina tenía unos cuantos y los repartimos como buenos amigos.

Merendamos juntos, cocinamos mis alimentos de plástico, hicimos carreras de coches… Mi mamá nos preparó además unas calabazas de Halloween para pintar pensando que la actividad nos mantendría ocupados un buen rato, aunque después de unos cuantos trazos naranjas decidimos que mejor nos íbamos con nuestros hermanitos a ver unos dibujos.

Fue una tarde muy divertida que espero repetir muchas veces cuando el mal tiempo no nos deje salir de casa, porque aunque eso sí, bien abrigados las carreras de motos tienen que disputarse al aire libre ;)

Ruido blanco

27 de octubre de 2011 en La vida de Luca

Cuando un bebé llega a este mundo no suele hacerlo con un pan debejo del brazo, como dice la tradición, pero sí con un montón de preguntas por contestar. ¿Me querrán mucho, mucho mis papás? ¿Seré capaz de hablar como ellos algún día? ¿Volverán los días soleados y cálidos de verano? ¿Algún día correré una maratón? ¿Viajaré a Nueva York? ¿Me gustará el chorizo?

Casi todas estas dudas tienen respuesta, o al menos antes o después la tendrán. Pero hay otras que por mucho que crezca creo que nunca podré contestar, como por ejemplo a qué huelen las nubes o de qué color es el ruido. ¿O tal vez sí?

Resulta que soy un llorón. Sí, qué pasa, lo soy. Llorar es mi forma de comunicarme con el mundo y aunque ya hay estudios que demuestran que al hacerlo lo hago en mi lengua materna, que es el español, todavía por lo visto no se me entiende. Y si nuestro Senado admite el uso de todas las lenguas cooficiales del país a pesar de que haya senadores que no las entiendan y tengan que poner traductores para que sus señorías sepan de qué va la película no sé por qué leches no me ponen uno a mí. Total, también lo íbamos a pagar entre todos. Eso me ahorraría muchos problemas y berridos, que la verdad es que cuando me pongo, me pongo. Vamos, que en Torreperogil norte seguro que más de uno se ha acordado alguna vez de toda mi familia, bisabuelos y tatarabuelos incluidos. Pero qué le vamos a hacer, soy un chico de carácter fuerte al que le gusta expresar sus emociones. Puede que eso sea un imán para las chicas de aquí a unos cuantos años, que ya se sabe que a ellas les gustan los tipos aguerridos pero de trasfondo sensible, pero vamos, ahora lo único que consigo con eso es que a veces a mis papás les entren ganas de regalarme*. Suerte que poco a poco nos vamos conociendo y van sabiendo interpretar mis distintos tipos de llanto. Los más frecuentes son por hambre, por sueño y por aburrimiento. A los primeros son fáciles hacerles frente, pero para lo del aburrimiento… ahí hay que tener imaginación. Suele funcionar lo de quitarme los pantalones, como pasaba con Leo, que me lleven a ver a nuestro pajarillo, salir a la calle o… ¡el ruido blanco!

Que sí, que resulta que el ruido puede tener color. Y yo tan preocupado porque si era una de mis preguntas sin respuesta… Pues por lo visto el ruido que es como el caballo blanco de Santiago, o sea, blanco, favorece la relajación y el sueño. Dicen que es porque se asemeja bastante al sonido de los líquidos fluyendo y en general a la vida dentro del útero de nuestra mamá, el lugar más acogedor del mundo mundial. Así que a Dios gracias que en nuestra casa hay aspiradora, porque incluso en un ataque desgarrador de intento de comunicación guión llanto, el ruido que emite es capaz de calmar a este borriquillo que escribe. He aquí la prueba.

*: No me preocupo. Sé que lo dicen con la boca chica, pequeña, diminuta, casi enana…

Bye bye pañal

25 de octubre de 2011 en La vida de Leo

Este post debería haberlo escrito hace tiempo, aunque al final entre unas cosas y otras se me pasó. Pero como más vale tarde que nunca, ahí va.

Recuerdo perfectamente el momento en el que vine al mundo hace poco más de tres años. Una chica de verde me sacó de dentro de mamá y me puso sobre su pecho mientras ella entre sonrisas y lágrimas, como si de una monja alpina liberada se tratase, me decía cositas y me limpiaba, que no veáis el pegajo con el que uno sale de ahí dentro. Instantes después una señora me cogió y me llevó aparte para pesarme, ponerme mi primera banderilla y vestirme. Fue en ese momento cuando me colocaron mi primer pañal.

Han sido cientos, probablemente miles los que he llevado en mis posaderas desde entonces. Sí, lo sé, no he contribuído demasiado con ello al mantenimiento de los recursos naturales del planeta, pero es que… ¡de alguna manera había que contener mis necesidades fisiológicas! Sin embargo el momento de dejarlos había llegado después de posponerlo el año pasado porque ni yo ni mis papás estábamos por la labor y de retrasarlo este porque no sabían cómo me iba a afectar la llegada de Luca. Ahora sin embargo no había vuelta atrás, los pañales ya sólo quedarían para el peque de la casa, que yo ya era un niño grande. Así que hicimos acopio de “zanzoncillos” de Mickey, de Cars y de dinosaurios varios y comenzamos la operación pañal en coordinación con la guarde. En casa anduve el primer fin de semana en plan comando, y yo tan feliz, que la verdad es que siempre he sido un poco exhibicionista. He de decir que el día 1 de la operación el fracaso fue total y absoluto. No voy a describir los detalles porque todo el que ha pasado por lo mismo ya los conoce. Pero como chico listo que soy rápidamente pillé onda y desde entonces con el número uno fuimos a las mil maravillas, apenas unos cuantos accidentes, todos porque andaba distraido con otras cosas. Tanto aprendí a controlarlo que incluso unos días después de comenzar estaba haciendo pipí en uno de los baños de la casa de mi abuelo cuando decidí que prefería hacerlo en el otro, así que corté el grifo, me bajé del váter y allá que me fui a continuar con el chorrito. Tampoco me da pudor hacerlo en la calle si es que estamos allí. De hecho varios árbolitos del parque he regado ya. Al principio mis papás me daban un premio cada vez que hacía pipí en el baño, casi siempre un globo que me encantan, pero viendo el ritmo tan bueno que llevaba, que hasta los pañales de la siesta y la noche los devolvía sequitos, los reservaron para el número dos, que con ese la verdad tuve más problemillas. Pero como a mí no hay nada que se me resista, en unas cuantas semanas también lo logré y ahora cada vez que descomo en el váter alegremente le digo adiós al regalito mientras tiro de la cisterna al grito de “Hala, ¡a Sevilla!“.

Así que ahí estoy, sin pañal desde hace ya tres meses ni de día ni de noche, como todo un campeón. Y aunque ahora no llevo contrapeso en el culete he conseguido reajustar mi centro de gravedad para que mi barrigota no me tire de boca, otro gran logro por mi parte. Sólo le veo un inconveniente a este tema, y es que ahora que ha llegado el frío no puedo ponerme body y me paso el día con los riñones al aire (y puede que también enseñando la hucha un poco…) Para mí no es problema, que yo más bien soy de naturaleza calurosa, pero mi mami que es una obsesa del abrigo está todo el tiempo detrás mía metiéndome la camiseta por el pantalón. Uf, ¡no quiero ni pensar cómo se pondrá cuando vaya asomando los calzoncillos por encima del vaquero!

Mi vida en un fular

23 de octubre de 2011 en La vida de Luca

Atención, pregunta:

¿Quién pronunció la frase “Nunca pensé que un trozo de tela pudiera proporcionar tanta felicidad a una persona“?

Venga, os doy varias opciones.

A. Adán después de comerse la manzana y al descubrir que todo el Paraíso le estaba viendo sus vegüenzas.
B. El gallego de las tiendas cuando consulta su cuenta bancaria.
C. El pequeño Luca cada vez que su mamá lo portea en su fular.

Pues no cabe la menor duda, la respuesta correcta es la C. Es un servidor, que no se cansa de comprobar día a día desde hace ya cinco meses cómo la vida tiene otro color cuando la vives pegadito a tu mamá, arropado por el calorcito de su cuerpo, el que pasa el tiempo feliz gracias a cinco metros de tela naranja que tras unas vueltas y algunos nudos se convierte en el mejor lugar desde el cual observar el mundo y pasear por él.

Lo nuestro fue amor a primera vista. Cuando uno acaba de abandonar la barriguita de su mamá, su único hogar conocido hasta entonces, puede que se encuentre desprotegido y perdido en la inmensidad de un capazo. Y digo puede porque es posible que a otros bebés sí que les guste lo de ir tumbados para dormir a pierna suelta. Pero ese no era mi caso, al menos después de mis dos primeras semanas de vida. Fue pasados esos días en los que uno se pasa la mayor parte del tiempo grogui cuando decidí que lo mío no era lo de estar separado de mamá, así que cuando me colocó en su fular volví a recuperar la seguridad y comodidad de las que disfrutaba cuando estaba dentro de ella. Y hasta ahora.

Al principio la gente nos miraba raro, como si mi mamá se hubiera escapado de la California de finales de los sesenta o algo por el estilo. Como siempre que se suele ver algo “nuevo” las primeras opiniones eran algo reticentes, que si hay que ver que lástima de mi espalda, que si me iba a ahogar, que ahí no podía estar cómodo… ¡he escuchado de todo! Pero mi mamá siempre respondía lo mismo: “¿Está durmiendo, no? Pues eso es que está feliz“. Sin embargo también es cierto que había un montón de gente que, quizás haciendo uso del sentido común, entendía que aquél era el mejor lugar para mí. Curiosamente muchas de ellas eran personas mayores, abuelillas que vivieron en la época pre-carritos.

Ahora casi todos donde vivo se han acostumbrados a verme en el fular naranja. Por las mañanas mamá me pasea en él mientras yo echo una siestecilla capaz de durar hasta hora y media, algo impensable si fuera en mi ya a punto de ser jubilado huevito, porque como oigo entre sueños “ahí estoy en la gloria“. Y por las tardes cuando salimos al parque con Leo, como ya no suelo dormir, mamá me coloca con un nudo a la cadera que me da más libertad de movimientos y me permite ir viéndolo todo, como a mí me gusta.

Puede que dentro de unas semanas, cuando pase a la silleta de mayores y vaya de cara al mundo, calentito dentro de mi saco verde pistacho, empiece a valorar la posibilidad de darle un poco de tregua a la espalda de mamá y admita salir sentado en ella, pero de momento no hay discusión posible, ¡yo voy en mi fular!

Foto tomada por Leo, ¡sin retoques! :)

Las ventajas del trueque

20 de octubre de 2011 en La vida de Leo

El parque es un sitio fantástico donde hacer infinidad de cosas. Puedes jugar con los columpios, la tierra o el agua, sentarte tranquilamente a comerte unos gusanitos en un banco o, por el contrario, practicar deporte mientras corres con tus amigos, con los que también puedes mantener una entretenida conversación sobre los temas más inverosímiles. Pero además en el parque se pueden recuperar tradiciones de antaño como por ejemplo el trueque, o lo que es lo mismo, el tú me das y yo te dejo.

No es raro que cada tarde aparezca ante mis papás con algo que no es mío. Normalmente es un vehículo no motorizado que he cambiado por mi moto o mi patinete. Es posible que lo que me presten sea otra moto, pero no importa, yo corro con ella a toda velocidad porque lo que cuenta es que no es la mía. Casi siempre suelo hacer el intercambio con mis amigos Fran o Rubén, aunque el que la otra parte sea conocida tampoco es imprescindible, con que el niño esté en el parque y tenga algo que yo quiera es suficiente.

Es así como he aprendido a pedalear. Yo no tengo bici, pero a fuerza de coger la de otros niños he descubierto que eso de los pedales no se me da nada mal. De hecho apenas me bastaron unas cuantas sesiones de vale-te-dejo-un-rato-mi-bici para dominar la técnica. Al principio no conseguía dar un giro completo a los pedales, les daba hasta la mitad, y luego otra vez y luego otra, y así conseguía avanzar. Pero no era cómodo y, siendo sincero, tampoco legal. Así que un día que el bocadillo de mortadela me dio la fuerza suficiente en las piernas conseguí hacerlos girar por completo. Y desde entonces no he parado.

Lo bueno de todo esto es que ahora por fin puedo conducir mi tractor John Deere y el triciclo que Alfonso y Ana me regalaron en mi segundo cumpleaños, que por lo visto lo de usarlos en plan Picapiedra no era lo suyo. A mí me gustaría tener mi propia bici, así que estoy pensando pedírsela a los Reyes Magos, aunque mi mamá dice que mejor exploto primero la opción del triciclo y dejo lo de la bici para mi cumple, porque aunque no tenemos que pagar impuesto de circulación por ninguno de mis vehículos tenemos ya el parque móvil que ni una Diputación. Yo opino que donde caben seis caben siete, pero ya sabéis que donde manda patrón no manda marinero. Así que nada, seguiré pedaleando en mi triciclo, que la verdad bien chulo que es, y de vez en cuando ya encontraré a alguien con quien hacer negocio de intercambio, ¡que le he echado el ojo a los patines de un niño!

P.D. Por si no ha quedado claro… ¡ya sé pedalear!

Cinco meses: ¡Feliz santo!

18 de octubre de 2011 en La vida de Luca

Desde que nací todos los días 18 del calendario son especiales, pero este del mes de octubre lo es por partida doble porque no sólo es mi cumplemés, en este caso el número cinco, sino que además…

¡HOY ES MI SANTO!

Que sí hombre, que aunque en los calendarios ponga Lucas con ese de serpiente, hoy es mi día. Seguro que si fuera un piccolo bambino en vez de un pequeño niño no habría lugar a dudas, pero bueno, ya empiezo a acostumbrarme a lo de especificar de dónde viene mi nombre. Estos padres míos Esta madre mía… ¡en que estaría pensando! Menos mal que según Leo, que al pobre también lo frieron con lo del nombre, al final todos se acostumbran y pasado un tiempo dejan de preguntar y, en mi caso, mis papás dejan de especificar lo de “Luca, sin ese”.

Dicen que San Lucas fue un evangelista que nació en Antioquía (¿dónde estará eso?), que era de familia pagana y fue médico de profesión. Luego, evidentemente, se convirtió al cristanismo, que si no lo de “San” no se lo hubieran puesto tan fácilmente. De momento sólo tenemos en común que de entrada a ninguno nos bautizaron, pero quién sabe, igual algo se me pega del que da origen a mi nombre y acabo con bata blanca y estetoscopio para alegría inmensa de mis papás. O con sotana y en el Vaticano…

Según me cuenta Leo, que en estas cosas es la fuente de información más directa y fiable que conozco, el santo es como un minicumpleaños en el que hay una pequeña fiestecilla, regalos, felicitaciones e incluso hasta una tarta. Y nosotros como somos muy de celebraciones nos apuntamos a todo esto y más. Porque como ya he comentado, además hoy cumplo cinco meses.

El avance más significativo de estas últimas semanas tiene que ver con las manos. Poco a poco voy descubriendo que sirven para algo más que llevárselas a la boca hasta casi alcanzar la campanilla o arrancarle a mi mamá algún manojillo que otro de pelos. Ahora las controlo y las utilizo para atrapar los objetos que están a mi alcance. Es lo que Leo describió como la técnica del “agarring“. El problema es que a veces me cuesta un poquito y entonces, como chico de carácter, me cabreo un poco. Es lo mismo de siempre, como aún no sé hablar tengo que expresarme llorando. Pero esto también está empezando a cambiar. Quizás influido por Leo y su recién descubierta pasión por las letras últimamente pronuncio algunas consonantes, precisamente cuando lloro: eeeeeeeeennnne, eeeeeeeeennnne, eeeeeeeeennnne. Y más aún, que de vez en cuando me salen unos “ays” que ni cantando por soleares. Por lo demás sigo con mis pedorretas babosas y mis sonrisas y carcajadas a boca abierta, además de con mi enorme fuerza bruta que sigo desarrollando a base de teti, mucha teti. Hoy, por ser eso del cumplemés, mi mamá me ha llevado a pesar y atención, que sin haber comido antes, con el pañal sequito (de hecho ha aprovechado la báscula para descontaminarme antes) y sólo con unos vaqueros y camiseta los numeritos se han detenido en 8.700 gr, ahí es nada. A mí esto de tener buenas carnes me viene genial, sobre todo para el tema de las posaderas ahora que también he empezado a sentarme. Apenas son unos segundos los que me mantengo antes de caer como árbol talado, pero bueno, todo es cuestión de práctica. Lo sé porque a fuerza de intentarlo una y otra vez así es como he aprendido a girar sobre mí mismo. Aún me falta mucho para hacerlo con la rapidez y destreza de mi hermano Leo, pero ya soy capaz de girar de abajo a arriba y viceversa sin dificultad, ¿verdad que mola?

Sigo siendo un bebé muy inquieto al que le encanta salir a la calle, aunque en previsión de un invierno que dicen está por venir mis papás han empezado a sacar todos los juguetes de Leo aptos para mi edad para que me vaya familiarizando con ellos y las cuatro paredes que los albergan. Sobre todo me gustan los de lucecitas y sonidos, con esos son los que más me entretengo. Aunque la diversión a veces la encuentro en cosas no específicamente diseñadas para ello, como el paquete de toallitas que usan mis papás para limpiarme el culete: hace ruido, tiene llamativos colores y lo puedo coger muy fácilmente. Cada día duermo un poquito menos durante el día, hay demasiadas cosas por hacer y descubrir… ¡y no quiero perdérmelas!

Aprendiendo el alfabeto

13 de octubre de 2011 en La vida de Leo

Ya lo dije hace tiempo: “la A es la cabecilla de todas las demás letras porque es la primera que aprendemos”. Cuando escribí esto la A era para mí simplemente un fonema que repetía a todas horas. No tenía ni idea de que había una forma escrita de representarla y que junto con sus hermanas las demás vocales y sus colegas las consonantes podía formar un montón de palabras sin las cuales hoy en día mi vida no tendría sentido: mamá, papá, Luca, amigos, escuela, pizza, Dora… uf, ¡qué sería del mundo sin la A!

Pues resulta que en mi cole nos hemos puesto las pilas desde el primer momento y nuestra seño Rocío ha comenzado a enseñarnos el alfabeto para que en su día no sólo podamos pronunciar estas palabras y otrás más como caleidoscopio o butifarra, sino que además sepamos escribirlas y leerlas. Y como no podía ser de otra forma, ha empezado con la A. Yo, que soy un excelente alumno, aunque la verdad no sirva mucho para estar sentado, que todo hay que decirlo, capté enseguida el concepto y ya reconozco a la perfección la primera de las vocales. Sorprendí a mi mamá pronunciándola un día cuando la ví escrita en el lavavajillas, que se llama AEG. Sobra decir la cara de asombro que se le dibujó y lo contenta que se puso. Desde entonces siempre que veo una A la señalo y grito: “¡Mira, la A!“. Pero la cosa no queda sólo ahí, ¡que también sé todas las demás! Como la E, que es un peine roto o la O que es un circulito. Además estamos aprendiendo a reconocer nuestro nombre. Yo tengo la suerte de que el mío es muy cortito así que de aquí a Navidad seguro que ya sé escribirlo.

En clase Rocío utiliza el método tradicional de la pizarra y el papel para representarnos las letras y en casa… pues en casa mis papás también. No es que este sistema no me guste, tiene su encanto y es divertido, pero creo que ambos deberían modernizarse y aprovechar que las nuevas tecnologías también pueden ayudar a que los niños aprendamos el alfabeto. Es lo que hacen mis amigos Laia y Àlex que tienen la suerte de tener una mamá de lo más creativa que ha ideado una herramienta para ello que se llama ABCkit. Yo estaría encantado de probarla, estoy seguro de que le sacaría un montón de provecho, pero no puedo porque ninguno de mis progenitores tiene iPhone ni iPad. Sí, lo sé, son prehistóricos y se apañan con un simple teléfono y un ordenador de toda la vida. Así que no nos queda otra que seguir con el papel, ¡al menos hasta que le escriba la carta a los Reyes Magos!

Cien por cien teta

09 de octubre de 2011 en La vida de Luca

Estos días se está celebrando en España la Semana Mundial de la Lactancia Materna. Y como a mí otra cosa no pero lo de celebrar se me da a las mil maravillas, que pequeño sí, pero fiestero más, he pensado que podía unirme a la causa desde este mi blog. Bueno, vale, nuestro blog.

Sé que hay cierto jaleillo entre los que defienden lo de dar teta y los que por el motivo que sea deciden no hacerlo, pero como a mí no me gusta entrar en polémicas hablaré de lo que a mí me funciona, que es exprimir a mi mami. Me enganché a ella apenas media hora después de nacer y desde entonces ambos somos un binomio, un pack indivisible, como los tetrabrick esos de zumitos, lo mismo. Podría pensarse que nuestra relación es un poco parásita, que ahí estoy yo venga a chupar de ella, pero sé que en el fondo no deja de ser una simbiosis perfecta: ella me da alimento y yo, yo… ¡yo crezco feliz! Y eso para mi mami es lo mejor del mundo. Pero es que además de alimentarme la teta me consuela y hace que mi vida sea más fácil. Ya con Leo sabía eso de que la lactancia debe ser a demanda, pero conmigo y por ese motivo la teoría se ha hecho práctica desde el primer momento. Por eso no es raro que me haya autoservido en cualquier lugar y situación, sin pudor ninguno. Porque como nos han dicho muchas veces mientras lo hemos hecho, que una madre dé el pecho a su hijo es la cosa más natural y bonita del mundo. Así que no nos privamos, ni de día ni de noche. Aunque bueno, creo que esto último tiene un poco agotada a mi mamá… Pero es que a ver, los relojes no se han hecho para lechones como yo. Quizás sea por eso, porque mamo cada dos por tres, por lo que luzco unas carnes que ya quisieran los de Campofrío. Todo el mundo, hasta mi propio hermano, dicen lo hermoso que estoy. Y la verdad es que no se equivocan, que menudos jamones los míos. ¡Para que luego digan que la leche materna no engorda!

En mi última revisión la señorita de las banderillas, a la sazón “asesora de crianza”, le dijo a mi mamá que ya podía darme cereales, y en un mes fruta. Creo que lo de probar nuevos alimentos me gustará, pero de momento vamos a seguir con la dieta tetuna porque… ¡no hay más que verme para comprobar lo bien que me va!

Vampiros

05 de octubre de 2011 en La vida de Leo, La vida de Luca

Estaba en boca de todo el mundo pero nadie sabía el por qué. Desde hace tiempo se sospechaba algo raro en torno al tal Nicholas Cage ese, porque no era muy normal que hubiera triunfado en el mundo del celuloide si no es buen actor y encima tampoco es guapo. Pero al final se ha descubierto el pastel y conocemos el verdadero motivo de que este tipo algo extraño esté donde está: ¡es un vampiro! Sí, sí, lo sabemos porque lo hemos leído aquí (entre otros muchos sitios). Y debe ser por algún extraño poder oculto asociado a su personalidad chupasangre que ha alcanzado la fama mundial, vete tú a saber a costa de cuántas víctimas inocentes. El tipo lo niega todo, pero ahí está la prueba fotográfica que lo certifica. Desde luego, parece mentira que no haya aprendido nada teniendo en cuenta todos los años que lleva en el mundillo de Hollywood. Muchacho, aprovecha el tirón y admítelo, te lloverán los guiones, las entrevistas y las novias… ¡ganarás una pasta! Aunque para dineral el que se embolsará el tipo que encontró y difundió la prueba del delito como finalmente consiga venderla. Es por eso por lo que hemos decidido que nuestro secreto también salga a la luz, porque queremos aseguranos un futuro sin sobresaltos, porque no nos apetece jubilarnos a los 67, porque somos muy generosos y compartiríamos los beneficios de nuestras inversiones. Por eso, y a pesar de que somos conscientes del escándalo que se puede generar, no nos da miedo confesar que… ¡somos vampiros!

Así es, nos reinventamos cada cierto tiempo. Hemos sido filósofos griegos, gladiadores romanos, conquistadores de las Américas, músicos del Renacimiento, inventores de la edad moderna y en nuestra última vida, para descansar de tan agotadores existencias, sencillos hombres de campo. ¿Que no os lo creeis? Pues tranquilos, que nosotros también tenemos pruebas.

Ponemos a la venta esta fotografía tomada hace casi un siglo por un módico precio que incluye unos cuantos ceros, aunque no precisamente a la izquierda. Si alguien está interesado en adquirir esta reliquia del pasado, que deje un comentario en esta entrada. Damos nuestra palabra de vampiros (de los buenos) de que no se trata de ningún montaje y esto que hemos contado es la puritita verdad, ¿verdad Alfonso? ;)

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