Tarde de juego en casa
Me gusta ser puntual. Si hay que llegar a un sitio intento siempre hacerlo a la hora a la que he sido citado. Bueno, menos para el médico. Aunque para el caso da lo mismo, ahí por mucho que me retrase siempre llegaré antes de lo que me toca, que hay que ver cómo está la sanidad.
Lo de la puntualidad es una virtud que he heredado de mis papás, que ellos se toman lo del o´clock al pie de la letra. De hecho creo que mi mamá ha sido la única novia que ha hecho tiempo esperando en el coche para llegar al altar de tan sobrada que iba. No obstante sé que hay que conceder unos minutos de rigor después de la hora pactada antes de empezar a considerar que a uno lo han dejado plantado o que se le tiene muy poco respeto, porque por todos es comprensible un imprevisto de última hora o simplemente porque la persona con la que has quedado es una tardona. Pero, ¿qué pasa cuando el retraso excede lo amistosamente tolerable? ¿Implica eso que alguien acabe enfadado? Mi respuesta inmediata fue que sí, pero luego pensando lo que el otoño ha tardado en llegar he reconsiderado mi respuesta.
Este año la estación de las castañas no se ha retrasado una semana, ni diez días, ni veinte, no, ha llegado casi un mes después de lo previsto, ¡y yo tan feliz! Porque gracias a eso he podido disfrutar en manga corta de muchas más tardes de parque de las que esperaba. Y aunque en clase mi seño Rocío nos había enseñado la canción del “otoño llegó, y el viento de otoño, sopla, soplará…” por ningún sitio veíamos las hojas marrones, ni la lluvia ni el viento que sopla, soplará. Hasta hace un par de días en que lo bueno se acabó por culpa de la primera borrasca de la temporada, que sí, trajo hojas marrones, lluvia y un montón de viento. Así que después de un montón de meses de salidas vespertinas ahora las tardes hemos de pasarlas en casa. Y no es que me importe, que por suerte tengo un cuarto de juegos para mí solito (vale, también para Luca ahora) y con un montón de juguetes que últimamente han estado un poco olvidados. Pero como siempre hay un pero, porque si me quedo en casa… ¿cuándo voy a ver a mis amigos del parque? Porque sí, a los del cole los veo cada día, pero ¿qué pasa con los otros? ¿Tengo que esperar a que llegue abril para volver a estar con ellos? Por suerte para nosotros no, que ya se sabe que si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Es por eso que mi amigo Fran se vino una tarde desagradablemente lluviosa a jugar a casa. Enseguida lo llevé a mi cuarto donde, como no podía ser de otra forma, empezamos a sacar todos mis juguetes. Hubo algún conflicto que otro por la posesión de alguno de ellos pero nada que no pudiéramos solucionar con la mediación de nuestras mamás. Suerte que botes de plastilina tenía unos cuantos y los repartimos como buenos amigos.

Merendamos juntos, cocinamos mis alimentos de plástico, hicimos carreras de coches… Mi mamá nos preparó además unas calabazas de Halloween para pintar pensando que la actividad nos mantendría ocupados un buen rato, aunque después de unos cuantos trazos naranjas decidimos que mejor nos íbamos con nuestros hermanitos a ver unos dibujos.

Fue una tarde muy divertida que espero repetir muchas veces cuando el mal tiempo no nos deje salir de casa, porque aunque eso sí, bien abrigados las carreras de motos tienen que disputarse al aire libre







