La casita del campo
Este fin de semana hemos estado de turismo rural. Eso para alguien que viva en una gran cuidad rodeado de asfalto, luces, ruido y contaminación debe ser lo más. Desconectar del estrés de atascos y aglomeraciones varias y perderse en alguna casita en medio del campo seguro que les ayuda a relajarse y a respirar aire puro. Pero si ya de por sí vives entre olivos y a un tiro de piedra de cualquier terruño, lo de la casita no parece que sea un plan demasiado novedoso… ¡a menos que vayas con un montón de amigos!
Es lo que hemos hecho nosotros. Porque sí, porque hay vida más allá de las salidas al Carrefour, a veces nuestros papás se apiadan de estos dos pequeñajos que necesitan cambiar de aires de vez en cuando para, a su manera, buscar también un poco de paz y tranquilidad.
La verdad es que no tuvimos que irnos muy lejos, que para eso tenemos a un paso el Parque Natural más grande de toda España. Lo que se suele buscar cuando se hacen este tipo de excursiones es contacto directo con la naturaleza, pero en nuestro caso esta necesidad está más que cubierta. Por eso lo que realmente fuimos buscando nosotros era pasar unos días con nuestros amigos, que con esto de que ahora pasamos más tiempo encerrados que en la calle ya casi no nos vemos. Y no, eso no es bueno. Así que allá que nos fuimos cargados de, de… ¡de todo! Madre del amor hermoso, ¡si parecía que nos mudábamos! El salón de la casita nada más llegar parecía la sección de puericultura y equipajes de El Corte Inglés. Maletas por aquí, parques cuna por allá, bolsas llenas de juguetes varios, biberones, silletas… Pero es que claro, éramos cinco niños en total de seis meses a tres años, ocho adultos y una perra que no era precisamente una chihuaha. Bueno, y eso sin contar que los mayores llevaban víveres como para sobrevivir todo el invierno. Vamos, que si ese día hubiera caído un nevisco y nos deja allí incomunicados una semana seguro que no pasamos hambre. Ni sed, claro está, que todo el colesterol que llevaron había que mojarlo con algo…
Lo primero que hicimos nada más aterrizar fue encender la chimenea, que para eso se va a una casa en el campo, para vivir en plan rústico. Lo último que hicimos antes de irnos el domingo fue apagarla. Entre estos dos momentos no le faltó llama, ni de día ni de noche. Y es que claro, siempre necesitábamos de unas buenas ascuas para cocinar algún derivado cerdícola, asar unas castañas o dorarnos unas rebanaditas de pan para hacer unas ricas tostadas con aceite. Sí, amigos, ese es el segundo objetivo de una escapada rural, comer, comer y comer sea la hora del día que sea. Aunque como no sólo de carnaza vive el hombre, también pudimos probar una deliciosa paellita digna del mejor restaurante de la costa levantina.

Jugamos en el jardín de la casa, en el salón de la casa, en los dormitorios de la casa… sí, puede decirse que jugamos un montón.

Vimos dibujitos todos juntos, cantamos, dibujamos y disfrutamos un montón los unos de los otros.

Y bueno sí, ya que estábamos admiramos el paisaje y aunque algunos tuvieran más que visto el lugar, también salimos a pasear por el pueblo.

Y a pesar de que más de uno pensara que aquello de juntar a tanto chiquillo acabaría con los nervios del personal, podemos decir que al final ha sido un fin de semana fenomenal. Buen tiempo, buena compañía y ningún niño malito, ¿para cuando la próxima chicos?

Un beso a nuestros amigos Juan Antonio, Lidia y Carla












