Leo y Luca en nunca jamás

noviembre de 2011

La casita del campo

30 de noviembre de 2011 en La vida de Leo, La vida de Luca

Este fin de semana hemos estado de turismo rural. Eso para alguien que viva en una gran cuidad rodeado de asfalto, luces, ruido y contaminación debe ser lo más. Desconectar del estrés de atascos y aglomeraciones varias y perderse en alguna casita en medio del campo seguro que les ayuda a relajarse y a respirar aire puro. Pero si ya de por sí vives entre olivos y a un tiro de piedra de cualquier terruño, lo de la casita no parece que sea un plan demasiado novedoso… ¡a menos que vayas con un montón de amigos!

Es lo que hemos hecho nosotros. Porque sí, porque hay vida más allá de las salidas al Carrefour, a veces nuestros papás se apiadan de estos dos pequeñajos que necesitan cambiar de aires de vez en cuando para, a su manera, buscar también un poco de paz y tranquilidad.

La verdad es que no tuvimos que irnos muy lejos, que para eso tenemos a un paso el Parque Natural más grande de toda España. Lo que se suele buscar cuando se hacen este tipo de excursiones es contacto directo con la naturaleza, pero en nuestro caso esta necesidad está más que cubierta. Por eso lo que realmente fuimos buscando nosotros era pasar unos días con nuestros amigos, que con esto de que ahora pasamos más tiempo encerrados que en la calle ya casi no nos vemos. Y no, eso no es bueno. Así que allá que nos fuimos cargados de, de… ¡de todo! Madre del amor hermoso, ¡si parecía que nos mudábamos! El salón de la casita nada más llegar parecía la sección de puericultura y equipajes de El Corte Inglés. Maletas por aquí, parques cuna por allá, bolsas llenas de juguetes varios, biberones, silletas… Pero es que claro, éramos cinco niños en total de seis meses a tres años, ocho adultos y una perra que no era precisamente una chihuaha. Bueno, y eso sin contar que los mayores llevaban víveres como para sobrevivir todo el invierno. Vamos, que si ese día hubiera caído un nevisco y nos deja allí incomunicados una semana seguro que no pasamos hambre. Ni sed, claro está, que todo el colesterol que llevaron había que mojarlo con algo…

Lo primero que hicimos nada más aterrizar fue encender la chimenea, que para eso se va a una casa en el campo, para vivir en plan rústico. Lo último que hicimos antes de irnos el domingo fue apagarla. Entre estos dos momentos no le faltó llama, ni de día ni de noche. Y es que claro, siempre necesitábamos de unas buenas ascuas para cocinar algún derivado cerdícola, asar unas castañas o dorarnos unas rebanaditas de pan para hacer unas ricas tostadas con aceite. Sí, amigos, ese es el segundo objetivo de una escapada rural, comer, comer y comer sea la hora del día que sea. Aunque como no sólo de carnaza vive el hombre, también pudimos probar una deliciosa paellita digna del mejor restaurante de la costa levantina.

Jugamos en el jardín de la casa, en el salón de la casa, en los dormitorios de la casa… sí, puede decirse que jugamos un montón.

Vimos dibujitos todos juntos, cantamos, dibujamos y disfrutamos un montón los unos de los otros.

Y bueno sí, ya que estábamos admiramos el paisaje y aunque algunos tuvieran más que visto el lugar, también salimos a pasear por el pueblo.

Y a pesar de que más de uno pensara que aquello de juntar a tanto chiquillo acabaría con los nervios del personal, podemos decir que al final ha sido un fin de semana fenomenal. Buen tiempo, buena compañía y ningún niño malito, ¿para cuando la próxima chicos?

Un beso a nuestros amigos Juan Antonio, Lidia y Carla :)

El otoño

27 de noviembre de 2011 en La vida de Leo

Porque no sólo de letras vive el niño, en clase también estamos estudiando estos días el otoño. ¿Y por qué el otoño? Pues es evidente. No hay más que mirar por la ventana para entenderlo: hojas amarillas que caen de los árboles, viento frío que sopla, charcos en la calle, gente con abrigo… Sí, estamos en la estación de las castañas, así que el tema nos venía como anillo al dedo para comenzar con los proyectos del cole.

Desde hace unas semanas parte de nuestro horario lo dedicamos a realizar tareas relacionadas con el otoño. A la hora de colorear pintamos hojas, árboles, frutos, prendas y objetos propios de esta estación, cantamos canciones, aprendemos poesías… Pero eso no es todo, que en casa también tuvimos que hacer deberes y todo. Nuestra seño les pidió a los papis que nos ayudaran a recopilar información sobre el tema, así que en casa, que somos muy aplicados, nos pusimos manos a la obra. La parte que más me gustó fue la de recoger hojas secas. Encontré algunas realmente enormes, tanto que no me cabían en la bolsa donde las guardaba y tuve que llevalas en la mano. Luego hice de reportero gráfico y con una cámara de verdad (¡de verdad!) saqué unas cuantas fotos representativas: un charco, un cielo gris, un árbol pelado… Y para terminar mi mamá y yo descuartizamos una revista e hicimos un collage con con los colores del otoño: amarillo, naranja, rojo y marrón. Bueno, siendo sincero he de decir que la que recortó fue mi mamá, pero eso es porque a mí no me dejan usar aún las tijeras. Yo me centré en la parte del pegamento, aunque cuando empecé a mezclar colores y a pegar aquí y allá mi mamá decidió que mejor lo terminaba ella. Muy mal mamá, porque se trataba de hacerlo juntos, no de que quedara bonito. Así que la próxima vez ya lo sabes, déjame a mi aire y no limites mi enorme creatividad: Bueno, vale, yo prometo no irme a ver Clan a mitad del trabajo…

Con todo lo que cada niño llevó a clase nuestra seño hizo un precioso mural y hasta un centro decorativo que ya lo quisiera la Preysler en una de sus fiestas de los bombones. Y para que los papás vean las cositas que vamos haciendo, de vez en cuando coloca nuestras creaciones en un tablón en el pasillo.

Me está gustando un montón este proyecto. En casa ando todo el día canturreando la canción del otoño y desde que mi mamá descubrió que además me sé una poesía, no para de pedirme que se la repita una y otra vez.

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Podéis añadir declamador profesional a mi curriculum ;)

Depredador

24 de noviembre de 2011 en La vida de Luca

Depredador y presa se buscan con sus sentidos a flor de piel.

Las ventajas que disfrutan el uno sobre el otro están muy equilibradas. Aunque se trata de un depredador superior, el bebé no está demasiado bien armado. No tiene dientes, su sentido del equilibrio aún está desarrollándose y todavía no posee el control absoluto sobre los movimientos de su cuerpo. Sin embargo, está diseñado para la caza de precisión.

Aunque su camuflaje no sea del todo perfecto, por culpa de los coloridos modelitos que le pone su mamá, procura siempre alcanzar la distancia de ataque sin ser detectado. Esa ditancia es crucial.

Para la presa, vivir en manada sirve de protección. Hay más cacharros capaces de dar la alarma, sobre todo si tienen luces y sonidos, y existe un riesgo menor de ser el elegido. Pero el bebé es paciente y suele tomarse su tiempo antes de decidir qué presa va a atacar. Sus ojos abarcan un enorme campo de visión, y luego se clavan en su víctima. Certero, se abalanza sobre ella con una rapidez tal que impide cualquier clase de resistencia.

Para asegurarse la captura, el depredador utiliza su arma más letal, su enorme fuerza de agarre. En ese momento toda su energía muscular está concentrada en mantener a la víctima entre sus manos. Ahora, todo ha terminado. Las manos del bebé depredador se llevan la presa a la boca, donde la muerde, la babea, la chupa y le extrae toda su esencia juguetil.

El depredador ha vuelto a ganar. La presa, indefensa, ha caído en sus garras.

Y aunque estas presas no hacen fondo de estómago ni aportan calorías, para el depredador eso no es lo importante, que con su otra dieta y en plan salvaje, o sea, tal y como vino al mundo, ya va por 8.910 gr. Casi nada.

En ocasiones veo letras. . .

21 de noviembre de 2011 en La vida de Leo

Es posible que alguien piense que quizás me esté volviendo un tanto repetitivo-cansino-pesado con los temas de mis post últimamente. Aunque mejor habría que decir con el monotema: las letras. Pero es que ellas son mi gran-enorme-gigantesco descubrimiento de los últimos meses y, claro, normal que quiera estar todo el día dándole vueltas al asunto. Soy como Newton después de descubrir la gravedad, como Galileo tras afirmar lo de que la Tierra era redonda o como Einstein y su E igual a M por C al cuadrado (¡letras!). O si no a ver de qué estuvieron ellos hablando todo el santísimo día desde que lanzaron a la comunidad científica sus hallazgos. Pues el uno de lo que nos mantiene con los pies en el suelo, el otro de por aquí también puedo llegar a las Indias y el último de lo del tiempo y el espacio. Y lo famosos que se hicieron y lo que contribuyeron al mundo de la física. Pues yo lo mismo, sólo que en mi caso hablo de letras.

Y es que aunque pretendiera evitarlas me es más que imposible porque allá donde mire es lo único que veo. He visto una V en la luna delantera del coche de mi papá un día que yendo al cole tempranito dos gotas de agua que caían fueron a converger dejando tras de sí un caminito que asemejaba esa letra. He visto una L en uno de los gusanitos que me comía una tarde después de merendar. Y cuando le di la vuelta al gusanito, sorpresa, allí estaba la J. He visto la C en la galleta de chocolate que le quité a mamá después de pegarle un buen bocado y la O en una baba de mi hermano Luca sobre la sábana. He visto, he visto… ¡he visto todas las letras!

Pero lo mejor de todo esto es que ahora no sólo las veo sino que además algunas hasta las escribo. Empecé con la A, siempre se empieza con la A… y bueno, superado con nota lo de la montañita y el palito ahora en clase estamos con la E (un palito para abajo, una patita allí, otra patita allí y otra patita allí). Aunque como yo soy un tío muy espabilado no dejo que la cosa se quede ahí, no. Porque aprovechando que mis papás me pusieron un nombre tan corto (y tan bonito), y que dos de las tres letras que lo forman ya las sé escribir, que con eso de que la O es un circulito y las formas ya las traía estudiadas de la guarde… ¡he aprendido a escribir mi nombre! Ay, mi primera palabra escrita con sentido, ¡qué ilusión! Sólo quedaba añadir la L, y mi seño que es muy enrollada me ha enseñado a hacerlo (un palito para abajo, y un asiento). Así que juntando una y otra he conseguido ser de los primeros en poder firmar con su nombre de pila todas sus obras de arte (lo siento por Juan Manuel o Francisco José, pero son las ventajas del short name). ¡Y ya soy un experto!

El resultado de tanto escribir está más que claro, ¡Leo, Leo y Leo por todas partes!

Y como con esto de estar en el siglo XXI la práctica digital de la escritura también es importante últimamente también escribo en el ordenador, aunque eso sí, estoy deseando ver a mi tita Teresa para que me deje su súper teléfono con su recién instalada aplicación de ABCkit (gracias mamá de Laia y Àlex ;) ) para hacerlo con mi propio dedito, ¡debe molar un montón!

Seis meses

18 de noviembre de 2011 en La vida de Luca

Seis meses, sí, ¡seis! O lo que es lo mismo, medio añito. Ay, ay, ¡que ya voy camino de mi primer cumpleaños! Si al final estos mayores van a tener razón y va a ser cierto eso de que el tiempo pasa demasiado deprisa… Porque ya véis, hace apenas unos días como aquél que dice yo era un bebé pequeñito que apenas era capaz de sostener su propia cabezota, al que le costaba controlar los movimientos de su cuerpo, que miraba sin ver o que lloraba porque quería estar todo el día en brazos. Y ahora… bueno, exceptuado lo de los lloriqueos y el garrapatismo encontraréis a un bebé mucho más resuelto, uno que empieza a socializar con la gente, que sabe cuándo y a quién ha de sonreír para ganarse unos mimitos extra y que sí, cada día está más guapo. Que no es que me lo tenga creído, ¿eh? Es que la gente sigue diciéndole a mis papás que soy un bebé de anuncio por lo gordito y lustroso que soy, por mis mofletes, por esos ojitos míos de largas pestañas que enamoran a cualquiera, mi rubia cabellera y mi simpatía innata. Lo que no saben es que además quedo muy bien ante la cámara, así que sí, es posible que estén perdiendo el tiempo y desaprovechando mi potencial de modelo de papillas, leches, pañales o ropa mini. Aunque bueno, tampoco es que me preocupe demasiado, porque si mi belleza natural sigue creciendo a este ritmo cuando llegue a los dieciocho seré tan, tan pero tan guapo que me lloverán las ofertas para las mejores pasarelas del mundo. Eso sí, teniendo en cuenta que mis carnes no aumenten en la misma proporción como pasa ahora… Y todo porque sigo siendo un lechón profesional, vamos, que poco me falta para sacarme el master en lactancia. Que sí, ¡que lo hemos conseguido! Hoy mi mamá y yo cumplimos con nuestro sexto mes de teta exclusiva, que por lo visto es lo que recomiendan los señores que saben de esto en el mundo. De momento, y exceptuando algún chupetón a un plátano o una pera o una cucharadita esporádica del puré de verduras de mi hermano (amén de los ineludibles medicamentos que por desgracia ya he probado) la leche tetuna es lo único que me ha alimentado hasta ahora. Y a ver quién es el listo que viéndome dice que no nos ha ido bien. Por eso, y aunque se supone que a partir de esta cifra de los seis meses, debería empezar a comer otras cositas, nosotros, como podemos y queremos, vamos a seguir como hasta ahora un poco más, aunque nos cueste discutir con los pediatras. Y poquito a poco, sin prisas pero sin pausas, iremos introduciendo otros alimentos en mi dieta.

Más cosas que han pasado en el último mes. A ver. Pues ya soy capaz de mantenerme sentado durante bastante tiempo. Sólo hay dos cosas que me desequilibran, una es mi hermano Leo, al que le divierte verme caer y por eso se empeña en empujarme, y la otra mi afán por comerme mis pies. Me inclino tanto hacia adelante que al final acabo cayendo de boca. Entonces es cuando me cabreo y me pongo a llorar. Otro de mis logros es que para alegría de las muñecas doloridas de mi mamá puedo ver más o menos tranquilamente Baby Macdonald hasta el minuto veintidos, momento en el que salen los pollitos de colores en la huevera, me harto, me cabreo y me pongo a llorar. También he descubierto lo que significa el juego en compañía y lo divertido que puede llegar a ser, sobre todo cuando tu compañero de juegos se llama Leo. Desde hace unas semanas Leo y yo nos reímos un montón juntos, sobre todo cuando se esconde para aparecer de pronto y decir… ¡Luqui! (y eso que mi mamá quería un nombre sin diminutivos…). Es muy gracioso, aunque cuando ya llevamos un rato haciendolo me canso. Sí, entonces es cuando me cabreo y me pongo a llorar.

Podría deducirse por todo esto que soy un poco cabreoso aunque yo, la verdad, prefiero opinar que lo que soy en un niño inquieto ávido de conocimiento. Por eso cuando llevo diez minutos en una habitación me cabreo y lloro, porque esa ya la tengo vista y quiero que me lleven a otra a ver qué encuentro de nuevo en ella. Los mayores dicen que esta actitud descubridora no es muy compatible que digamos con la época del año en la que estamos, pero es que no lo puedo evitar, me agobia lo de estar en el mismo sitio enseguida, ¡necesito ver mundo! Aunque eso sí, verlo en brazos. Pero no en unos cualquiera no, tiene que ser en los de mamá. He leído que alrededor de los ocho meses los bebés experimentan una cosa llamada angustia de separación. Yo no sé si será eso lo que me pasa, pero lo que es cierto es que en este último mes he desarrollado todos sus síntomas, o lo que es lo mismo, sólo quiero estar con mamá y me pongo a llorar (mucho) cada vez que no está o simplemente cuando la veo desaparecer por la puerta. Pero a ver, imaginad que vuestro frigorífico se larga de la cocina y no sabéis si va a volver o no, ¿eso no os desesperaría? O si la cama os dijera, hala, que me voy a dar una vuelta, ¿verdad que sería inquietante? Pues eso es lo que me pasa a mí, mi mamá es mi alimento y mi lugar de descanso (entre otras muchas cosas) y cuando no está pienso que ambas cosas me van a faltar y no, ¡no puedo soportarlo!

Por lo demás sigo creciendo fenomenal. Llorón, pero bien. Ahora soy capaz de localizar un objeto de mi entorno, cogerlo y llevármelo a la boca. Por que sí, amigos, todo lo que está a mi alcance, llámese cable del aparato equis, ropa, toallitas, juguete de turno o cara de alguien, va a la boca. Eso sí, al menos ya no babeo tanto como antes, cosa que según mi mamá es de agradecer porque por lo visto ya la ropa no se seca tan rápido como en verano. Hay cosas que me encantan y me hacen reír, como la luz de las escaleras de la casa de mi abuelo, la puerta del cole de Leo, las motitas de polvo que se ven a traves de los rayos del sol (¡no hay quien las coja!), mirarme en el espejo o las cosquillas y pedorretas que me hacen mis papás en la barrigota. Y ponerme a chillar, ¡eso me divierte un montón! Y aunque no habrá medidas oficiales hasta que el próximo lunes vaya a la ITB de turno, me parece que ya debo estar cerquita de los 9 kilazos, lo cual significa que hoy mismo pasamos a la talla 4 de pañales y que muy pronto podré ir en el coche como el resto de pasajeros, mirando hacia adelante. Estoy empezando a pensar que esto de crecer… ¡sólo tiene ventajas!

Nota mental: Andarme con mucho ojo el día antes de cumplir los nueve meses. Por lo visto alguna extraña maldición recae sobre mis cumplemeses múltiplo de tres, concretamente sobre la víspera. Porque si ya en el mes de agosto experimenté la caída libre desde mi cambiador, ayer, a pesar de las precauciones tomadas desde entonces, volví a hacerlo, esta vez y por suerte desde la cama de mi hermano, que es mucho más bajita. Y es que… ¡me falta sitio para rodar y rodar!

Vehículos XXL

16 de noviembre de 2011 en La vida de Leo

Los que vivimos en un sitio pequeño como yo estamos rodeados de cosas idem. Pequeñas, quiero decir. Nuestros parques, nuestras tiendas, nuestras calles… Incluso nuestros colegios, sí, aquí todo es de reducidas dimensiones. Olvidaos encontrar centros comerciales con pistas de esquí incluidas, edificios de más de tres plantas o inmensas avenidas llenas de semáforos. Esto, entre otras cosas, supone que nuestras posibilidades de ocio sean bastante limitadas, aunque yo, como chico optimista que soy, prefiero quedarme con lo bueno de vivir en el campo: aire puro, espacios abiertos y mucha tranquilidad. Sólo hay unas cuantas excepciones a esta regla de lo diminuto, que por aquí hay unas cuantas cosas que sí que son grandes de verdad. Una es la gente, y como ejemplo, un servidor. Otra es los olivos, esos viejos árboles centenarios que ahí todo enfiladitos conforman nuestro paisaje. Y la otra, los vehículos.

Se acerca el mes de diciembre, que es cuando comienza la recogida de la aceituna. Es una época un tanto extraña porque mientras en otros sitios más grandes las calles se llenan de luces y adornos de Navidad en la mía lo único que puedes encontrar son tractores: azules, verdes (mis favoritos, ¡los John Deere!), amarillos, rojos… los hay de todos los colores. Algunos llevan remolque, otros algún apero, pero eso sí, todos incluyen una luz como la de los coches de policía, sólo que esta no hace ni no, ni no, ni, noooooo. Aunque no importa, porque cuando se hace de noche, cosa que ahora ocurre demasiado pronto para mi gusto, y los ves a todos desfilar con su luz es muy chulo. Aún no conozco ningún niño al que no le gusten los tractores así que en ese sentido puedo considerarme más afortunado que alguno que viva en una gran cuidad, porque allí, la verdad, pocos de estos podrán ver.

Y hablando de vehículos grandes… bueno, vale, ya sé que estos no son endémicos de los sitios chicos como mi pueblo, pero, ¿verdad que también molan los autobuses? A mí es que me chiflan desde que era bien pequeñito. De hecho una de las primeras palabras que aprendí a decir fue “bus“, cosa bastante lógica si tenemos en cuenta que me he criado prácticamente en la calle y justo al lado de casa está la parada. He visto cientos de ellos y, aunque suene exagerado decirlo, me emociono con el último como si fuera el primero. Al principio sólo los señalaba y gritaba, pero cuando me dí cuenta de que pueden ser interactivos empecé a saludarlos con el mismo ímpetu que demuestro en todo lo que hago y claro, ¿quién puede resistirse a un niño sonriente de tres años agitando la mano desde la acera? Pues es evidente, nadie. Así que los señores autobuseros, muchos de los cuales ya son amigos míos, empezaron a tocar el claxon cada vez que pasaban por mi lado. Sí, el sonido asusta un poco, pero al final acabas acostumbrándote. Ahora no importa que sea el de las 8:50 de la mañana (cuando me voy al cole), el de las 14:30 o el de las 18:15 que viene de Granada (podéis preguntarme horarios y destinos, me los sé toditos), que autobús que pase y salude, autobús que me pita. Y yo… ¡entusiasmado!

Maestro de diversión

13 de noviembre de 2011 en La vida de Luca

Cuando nací todo el mundo me decía la enorme suerte que tenía de tener un hermano mayor. Pero no uno cualquiera, no, uno como Leo. Y es que por lo visto el chaval se hace querer un montón, gracias, entre otras cosas, a ese carácter suyo tan abierto y espontáneo. Lo saludan los abuelillos del parque, los autobuseros que pasan por delante de la puerta de casa y un montón de señoras que no conocemos de nada pero que siempre nos dicen lo gracioso que es, supongo que porque alguna vez lo habrán visto en plena acción. Dicen que Leo es un crack… y empiezo a estar de acuerdo.

Mis mañanas suelen ser tranquilas después de dejarlo en el cole. Desayuno en casa, siestecilla en mi fular, quizás un paseíto a comprar si el tiempo acompaña… pero es ver el reloj acercarse a las dos y empiezo a ponerme empachoso. Entonces los mayores comienzan a hacer conjeturas sobre el origen de mi malestar. ¿Será por hambre? ¡Pero si acaba de comer! ¿Será por sueño? ¡Pero si ha estado durmiendo hora y media! ¿Será por aburrimiento? ¡Pero si estamos en la calle! No, no se dan cuenta de que lo único que me pasa es que echo de menos a mi hermano. Por eso todos mis males se esfuman cuando lo veo aparecer sonriente por la puerta del colegio y viene corriendo hacia nosotros para abrazarnos, ¡ya está aquí Leo! Entonces me cambia el humor, empiezo a reír y a buscarlo para que me diga esas cositas que tanto me gustan como “hola chiquitín, ¿qué haces tú?“, “¡ay lo que te quiero!“, “Luquita, Luquita, Luquitaaaaa, ajooooo“, “mira el chiquituso, Lucaaaaaa” o eso que tanto he escuchado de “ay, ¡qué hermoso está!“. Entonces llegamos a casa y él empieza a hacer payasadas, finge caídas subiendo las escaleras, jugamos a perseguirlo, hacemos carreras de correpasillos… y en todos esos momentos río, río y vuelvo a reír.

Leo se pasa el día pendiente de mí. En cuanto se despierta lo primero que hace es preguntar si yo lo he hecho ya. Si la respuesta es sí corre a verme y a darme un abrazo. Si es que no espera no demasiado pacientemente a que lo haga. Al final con tanto preguntar acaba despertándome, pero como lo hace él no me importa, y por eso nada más verlo pegado a mi cara ¿sabéis lo que hago? Pues sí, sonreír. Siempre quiere tenerme cerca y aunque a veces es un poco brusco y/o borriquillo a mí me gusta un montón estar con él. Y se nota que voy haciéndome mayor porque cada día que pasa disfruto más de sus juegos, y lo que es mejor, porque puedo participar en ellos.

Ahora incluso, como ya me mantengo bastante bien sentado, podemos bañarnos juntos. Y en esto todo son ventajas porque dividimos el consumo de agua, el de electricidad y la logística asociada al momento baño pero… ¡multiplicamos la diversión! Un montón de espuma, juguetes acuáticos y la posibilidad de salpicar hasta el techo, ¡es genial!

Y aunque a veces soy yo el que ve sus dibujitos de niño grande a Leo no le importa que a la hora de la cena pongamos Baby Macdonald una y otra vez (¡es que me troncho con la vaca!). Tampoco meterse conmigo en el parque a entretenerme mientras mi mamá necesita de sus dos manos para cubrir alguna necesidad básica o jugar con mis sonajeros de bebé. Y cuando mamá nos viste iguales yo voy todo chulo luciendo el mismo palmito que mi súper hermano mayor, el inigualable, el inconfundible…
¡Leo el grande!

San Leo

10 de noviembre de 2011 en La vida de Leo

No, de momeno no estoy en los altares, aunque méritos para ello tengo unos cuantos. Por ejemplo, soy un buen estudiante que ya se sabe casi todas las letras del abecedario (las últimas en identificar, la G y la H), gracioso como yo sólo, simpático, alegre, cariñoso y el mejor hermano mayor del mundo mundial, que ese pequeñajo que ahora anda un poco bronquítico me tiene robado el corazón. Sin embargo, y siempre según el dudoso criterio de mis papás, por lo visto a veces soy un poco desobediente, lo cual me resta algunos puntos en esto de la carrera celestial. Pero a ver, quién me dice mí que San Anacleto o San Judas Tadeo nunca tuvieron tres años e hicieron las travesuras propias de su edad, ¿eh? Más aún, seguro que hasta el mismísimo Jesucristo se hubiera columpiado de la puerta de la lavadora si por aquél entonces hubiera habido lavadoras. O quién sabe si no hubiera pintado en los muebles de su cuarto con sus rotuladores de Pocoyó si la tienda de las letras amarillas hubiera abierto sede en Nazaret y los Reyes Magos en lugar de traerle esas cosas tan raras que le llevaron le hubieran dejado las pinturas del niño de azul como a mí.

En fin, que me enrollo y no digo lo realmente importante, aunque como sois muy listos seguro que ya lo habéis adivinado. Efectivamente…

¡HOY ES MI SANTO!

Y este año que ya soy mucho más consciente de lo que eso significa pienso pasármelo bomba. Porque habrá regalos y el famoso bizcocho de papá para merendar, muchos besos y felicitaciones y hasta un detallito súper chulo para mis compañeros de cole cortesía de la mejor repostera aficionada del mundo mundial, mi tita Teresa.

Así que hoy toca fiesta, que para eso es mi día especial. ¡A divertirse!

No dejéis de pasar por el blog de mamimanitas para ver mis fabulosas galletas. Otra vez, y ya van unas cuantas… ¡GRACIAS TITA!

 

Virus a domicilio: UPDATE

07 de noviembre de 2011 en La vida de Luca

Estoy un poco mosqueado. Resulta que uno vino a nacer en una época del año en que los días están cargados de luz, el solecito calienta y apenas se necesita ropa para estar guapo. Así, disfrutando del buen tiempo y en la calle, he pasado los cinco primeros meses de mi vida. Pero ahora, lamentablemente, la cosa ha cambiado.

Empezó como el que no quiere la cosa cuando esos pantalocillos cortos que mi mamá me ponía y que dejaban al aire mis torneadas carnes fueron sustituidos por otros de pernera larga. Luego lo que se cubrieron fueron mis bracitos. Y yo no lo entendía. ¿Acaso ya no estaba bien visto lo de ir enseñando mis arruguitas? Con lo bien que yo las lucía… Total, que hasta ahí vale, iba más recatado pero seguía tardando poco en vestirme. Lo malo comenzó cuando a mis prendas de uso diario se añadió una especie de camiseta abotonada por encima del pañal, el body, que según tengo entendido me acompañará hasta por lo menos mi primer cumpleaños. Una gracia. Mi mamá se empeña en ponérmelo cada día, a pesar de que cuando hago una de mis megacacas rebosantes lo pongo espesico y hay que cambiarlo, cosa que me cabrea sobremanera. No, no me gusta que me pongan ropa, así que entenderéis por qué estoy tan enfadado, porque después del body vinieron las sudaderas y jerséis varios y lo peor, el abrigo. Desde hace una semana voy tan empaquetado cuando salgo a la calle que no puedo ni moverme. Y encima luego se quejan de que si monto tal o cual pollo mientras me visten, ¿pues no veis que es que no lo soporto?

Mis papás dicen que lo de vestirme en plan cebolla es por mi bien, porque ahora hace mucho frío y hay por ahí un montón de bichejos indeseables deseando encontrar un tierno y cálido cuerpecito como el mío para colonizarlo y hacer de las suyas. Por lo visto sus lugares favoritos para atacar son aquellos en los que se concentran niños, como la guardería o el cole. Y si no que se lo digan a mi hermano Leo, que no pilló su primera itis hasta que no pisó el famoso edificio multicolor. Se suponía que yo de eso me libraría, que de momento y por suerte para mí no me pondré el baby a cuadros en un tiempo, pero con lo que yo no contaba es con que los virus malvados vendrían directamente a mí. Porque son como Dios, omnipresentes, y porque aquello de “donde estén dos o más reunidos, allí estaré yo” también les es de aplicación. Y esos dos mismamente podemos ser Leo y yo. Él es el que trae los virus a casa y yo el que me los como con patatas.

Desde hace casi un mes encadeno un resfriado detrás de otro. Los mocos se han adueñado de mí y no hay manera de esquivarlos. Ya sé lo que es un antibiótico, el paracetamol (que estuve con fiebre un par de días), el agua de mar y el sacamocos. Ha habido noches en las que lo he pasado realmente mal porque no podía respirar y me despertaba cada dos por tres. Y si encima sumamos la tos pues os podéis imaginar el cuadro.

La verdad es que doy mucha lastimica, porque soy tan pequeño… No entiendo porqué nos lanzan al mundo así, tan indefensos. Sin saber caminar, ni hablar y con un sistema inmunológico prácticamente inexistente. Vale, sí, sería raro nacer con tres o cuatro años (además de físicamente demoledor para nuestras mamás), pero es que eso nos ahorraría un montón de disgustos.

En fin, que por lo visto lo de “mocosos” no nos lo dicen en tono despectivo, resulta que es la cruda realidad. Ay, ¿se puede estar ya harto del frío aún cuando acabe de empezar?*

*: Podéis quitar los signos de interrogación

UPDATE:

Esta tarde he estado en la consulta de mi Doc y vengo un poco extrañado. Porque hasta donde yo tengo entendido el tipo es médico, de esos de fonendo y palito de madera, y no músico. Lo digo porque estando en su camilla me ha puesto una cosa que él ha llamado trompeta y me ha dicho que sea bueno y practique con el mismo instrumento en casa tres veces al día durante doce días. Creo que eso no me convertirá en Louis Armstrong, pero por lo visto aliviará la primera itis que han provocado esos indeseables mocajos colonizando mi pechito. Así es, tengo bronquitis. Ligera, pero bronquitis al fin y al cabo :(

Pero tranquilos, ¡acabaré con ellos como que me llamo Luca!

Con P de progresando: UPDATE

04 de noviembre de 2011 en La vida de Leo

Hace apenas unas semanas escribí este post con vídeo incluido sobre cómo en clase estábamos empezando a estudiar las vocales. Entonces mi mamá utilizó un método un poco rudimentario para practicar en casa lo que allí habíamos aprendido. Por aquél entonces reconocía todas las vocales, aunque a la “E” me empeñara en llamarla por su mote, el peine roto. Además cuando veía escrito mi nombre sabía lo que ahí ponía, suerte lo de tenerlo cortito.

Pues bien, desde entonces he progresado un montón en esto del adecedario y además de las cinco amiguitas, ya sé un montón de consonantes. Casi todas las que he aprendido son las iniciales de los nombres de los compañeros de clase, que eso lo estamos trabajando mucho con unas láminas que nuestra súper seño Rocío (con erre) nos ha preparado. También ayuda que nos identifique cada una de las letras con un objeto, sí, como el peine roto. Así tenemos por ejemplo la lunita C, la serpiente S o el martillito T. Jo, ¡nunca pensé que aprender fuese tan divertido!

Ahora mi principal entretenta consiste en ir identificando letras. No importa que estemos en casa y las vea escritas en algún libro, en un folleto o en la tele. Tampoco que vayamos por la calle y estén un cartel publicitario o impresas en algún camión. Y siempre que veo la luna, aunque esté llena o en creciente la señalo y grito: “¡Mira, la lunita C de Carlos!”. Ay, si es que soy un monstruo…

Perdonad por la escasa calidad técnica de este vídeo, pero mamá lo grabó sosteniendo en la misma mano la cámara y a un bebé hiposo y un poco cabreado mientras con la otra me suministraba el material didáctico. Igual necesitamos un trípode. Para la cámara digo, no para el bebé ;)

UPDATE:

Qué cabeza la mía. Se me ha olvidado decir que también estoy aprendiendo a escribir las letras. Y como siempre… ¡empezamos por la A!

Subimos una montañita… y bajamos… ¡y una rallita en medio!

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