Maestro de diversión
Cuando nací todo el mundo me decía la enorme suerte que tenía de tener un hermano mayor. Pero no uno cualquiera, no, uno como Leo. Y es que por lo visto el chaval se hace querer un montón, gracias, entre otras cosas, a ese carácter suyo tan abierto y espontáneo. Lo saludan los abuelillos del parque, los autobuseros que pasan por delante de la puerta de casa y un montón de señoras que no conocemos de nada pero que siempre nos dicen lo gracioso que es, supongo que porque alguna vez lo habrán visto en plena acción. Dicen que Leo es un crack… y empiezo a estar de acuerdo.
Mis mañanas suelen ser tranquilas después de dejarlo en el cole. Desayuno en casa, siestecilla en mi fular, quizás un paseíto a comprar si el tiempo acompaña… pero es ver el reloj acercarse a las dos y empiezo a ponerme empachoso. Entonces los mayores comienzan a hacer conjeturas sobre el origen de mi malestar. ¿Será por hambre? ¡Pero si acaba de comer! ¿Será por sueño? ¡Pero si ha estado durmiendo hora y media! ¿Será por aburrimiento? ¡Pero si estamos en la calle! No, no se dan cuenta de que lo único que me pasa es que echo de menos a mi hermano. Por eso todos mis males se esfuman cuando lo veo aparecer sonriente por la puerta del colegio y viene corriendo hacia nosotros para abrazarnos, ¡ya está aquí Leo! Entonces me cambia el humor, empiezo a reír y a buscarlo para que me diga esas cositas que tanto me gustan como “hola chiquitín, ¿qué haces tú?“, “¡ay lo que te quiero!“, “Luquita, Luquita, Luquitaaaaa, ajooooo“, “mira el chiquituso, Lucaaaaaa” o eso que tanto he escuchado de “ay, ¡qué hermoso está!“. Entonces llegamos a casa y él empieza a hacer payasadas, finge caídas subiendo las escaleras, jugamos a perseguirlo, hacemos carreras de correpasillos… y en todos esos momentos río, río y vuelvo a reír.
Leo se pasa el día pendiente de mí. En cuanto se despierta lo primero que hace es preguntar si yo lo he hecho ya. Si la respuesta es sí corre a verme y a darme un abrazo. Si es que no espera no demasiado pacientemente a que lo haga. Al final con tanto preguntar acaba despertándome, pero como lo hace él no me importa, y por eso nada más verlo pegado a mi cara ¿sabéis lo que hago? Pues sí, sonreír. Siempre quiere tenerme cerca y aunque a veces es un poco brusco y/o borriquillo a mí me gusta un montón estar con él. Y se nota que voy haciéndome mayor porque cada día que pasa disfruto más de sus juegos, y lo que es mejor, porque puedo participar en ellos.

Ahora incluso, como ya me mantengo bastante bien sentado, podemos bañarnos juntos. Y en esto todo son ventajas porque dividimos el consumo de agua, el de electricidad y la logística asociada al momento baño pero… ¡multiplicamos la diversión! Un montón de espuma, juguetes acuáticos y la posibilidad de salpicar hasta el techo, ¡es genial!

Y aunque a veces soy yo el que ve sus dibujitos de niño grande a Leo no le importa que a la hora de la cena pongamos Baby Macdonald una y otra vez (¡es que me troncho con la vaca!). Tampoco meterse conmigo en el parque a entretenerme mientras mi mamá necesita de sus dos manos para cubrir alguna necesidad básica o jugar con mis sonajeros de bebé. Y cuando mamá nos viste iguales yo voy todo chulo luciendo el mismo palmito que mi súper hermano mayor, el inigualable, el inconfundible…
¡Leo el grande!

