Leo y Luca en nunca jamás

febrero de 2012

Los besos no son un premio

27 de febrero de 2012 en La vida de Leo

Siempre he sido un niño muy cariñoso. Me gusta dar besos y abrazos y no me corto si tengo que decirle a las personas que quiero, eso, que las quiero. Últimamente sobre todo a Luca, que mira que en ocasiones me saca de quicio intentando quitarme el juguete que tengo (no se conforma con otro, siempre quiere ese con el que yo estoy jugando en ese momento), o acaparando la atención de mamá con sus lágrimas de cocodrilo, pero que a pesar de todo me tiene robado el corazón. Por eso hay veces que de buenas a primeras me acerco a él, lo achucho muy fuerte y le digo, “ay, ¡que te quiero, Luca!“. Sí, soy así de efusivo y tierno, quizás porque desde pequeño mis papás lo han sido conmigo y ya se sabe que los niños hacemos lo que vemos… ¡hasta que tenemos criterio suficiente para hacer lo que nos da la gana! Como por ejemplo dejar todos los juguetes por ahí tirados, comer con las manos, desoír la quinta llamada a ponerse el pijama, sentarse a la mesa, lavarse la cara… en fin, esas cosillas que hacen que nuestro día a día sea mucho más ameno y divertido. Lamentablemente mis papás no son de la misma opinión y creen que mi autoaprendizaje roza a veces los límites de la desobediencia más absoluta. Por eso, y porque dicen que quieren hacer de mí una persona responsable y que cumpla las normas cuando hay que cumplirlas, de vez en cuando usan la técnica de los premios para estimularme a hacer las cosas bien, entiéndase bien igual a como ellos quieren. Estos días de carnaval, por ejemplo, si me portaba como se supone debe hacerlo un niño modelo me regalaban una ficha para montarme en los carruseles. Otras veces, si atiendo a sus peticiones a la primera o como mucho a la segunda, mi mamá me deja jugar a los cerditos verdes de su teléfono grande. Y uno, que se deja chantajear, pues tan feliz.

He de decir que esto de los premios tiene sus reglas, quiero decir, que no me los dan por cosas que en teoría son mi obligación. Por ejemplo, comer… aunque bueno, para eso la verdad es que tampoco hay que achucharme demasiado… O por ir al cole, ya me entendéis. Además los premios han de ser lo suficientemente excepcionales para captar mi atención. Por eso cuando un día me como todo el plato y le pido a mi mamá un premio por ello me dice que naranjas de la china, que si quiero un premio me da un besito. Entonces yo me pongo todo serio y le digo “no mamá, los besos no son un premio“. Porque como ya he dicho antes, otra cosa no, pero besos y abrazos recibo (y doy) cada dos por tres, así que eso de excepcional no tiene nada de nada, ¿o es que acaso no entiendes tus propias reglas? Pero ella ahí que insiste con lo del besito. “Mamá, he hecho pipí yo solito, ¿me das un premio?” “Vale, te doy un besito.  ”Mamá, mira qué bien bailo como un robot, ¿me das un premio?” “Vale, te doy un besito No, si a veces pesada es un rato largo…

Dice que aunque ahora los besos no me parezcan un buen regalo probablemente en unos años cambie de opinión y cuando alguna chica se ofrezca a regalarme uno seguro, seguro que lo acepto encantadísimo. Pero no sé yo, no sé yo… ¡la verdad es los cerditos verdes molan mucho más!

Carnavaleros

23 de febrero de 2012 en La vida de Leo, La vida de Luca

HABLA LEO:

Vale que están el de Cádiz, el de Río de Janeiro o el de Las Canarias, sí, todos muy famosos y espectaculares. Pero aquí en nuestro rinconcito olivarado de Jaén también tenemos nuestro carnaval, y oye, bien conocido que es. ¡Si hasta nos regala un día de fiesta local! Y digo yo, eso es porque algo de importancia tendrá, ¿no? Yo creo que sí, que no hay más que salir a la calle y ver el ambiente para darse cuenta de que a mis paisanos les va la marcha y el disfraz. Y uno que es fiestero y payasete por naturaleza, pues no podía menos que engancharse al tren de la diversión del carnaval.

Empezamos en nuestro cole. Nunca lo he contado, pero casi todos los días en el ratillo del patio jugamos al toro de fuego. Uno hace de toro, normalmente mi amigo Álvaro, y los demás de toreros espontáneos. Nos lo pasamos genial. Así que las seños de los dos cursos de 3 años pensaron que estaría bien disfrazarnos de cornudos. Mientras escribo esto oigo algunas risas, no sé por qué… En fin, que como el disfraz de toro iba a ser un tanto serio para unos pequeñajos como nosotros, decidieron que mejor nos colocábamos uno de vaca, que oye, ellas también tienen su cornamenta. Más risas, empiezo a mosquearme… No hubo más que hablar, en un santiamén con convertimos en un rebaño de cuarenta y ocho vacas ni más ni menos… ¡más los terneritos extra!

Suerte que muchas de nuestras mamás y papás ayudaron a controlar el rebaño disfrazados de vaqueras y vaqueros. Bueno, casi todas las mamás iban de vaqueros porque según ellas el disfraz era más chulo. La mía, sin embargo, tuvo que ponerse el de su sexo correspondiente porque mi papá se colocó el de hombre y en su opinión no era cuestión de parecer no sé qué tipos de Brokeback Montain… a mí ni me miréis, yo ni idea. Las vacas (3 años), los pintores (4 años) y los trogloditas (5 años) nos fuimos al cole de los niños de primaria (es que el nuestro está aparte). ¡Menudo escándalo llevábamos!

Una vez allí nos sentaron frente a un escenario donde cada curso cantó su cancioncilla de carnaval. Nosotros habíamos estado ensayando la nuestra durante muchos días y creedme si os digo que lo hacíamos fenomenal, con nuestra coreografía de cuernos y todo, pero una vez arriba nos cortamos un poco, ya sabéis, el miedo escénico, así que al final sólo se oía a las mamás.

Me lo pasé genial con todos mis amigos, y tanto me gustó mi disfraz que hasta tuve que comer con él ese día. Mi mamá se empeñó en que me lo quitara para dormir, cosa que no me hizo gracia, pero al final accedí porque me prometió volver a ponérmelo otro día.

Y cumplió. Pero no sólo me volví a vestir de vaquita el domingo de carnaval, no, ¡tenía más disfraces preparados! Y así el sábado, como recién llegado de la época medieval, me convertí en el caballero más valiente de toda La Torre.

Luché con otros caballeros, con un pistolero del oeste y con algún que otro superhéroe, fue muy divertido. Aunque sin duda lo que más me gustó, no sólo de ese día sino de todo el carnaval fueron los carruseles, ¡y que vivan los abonos de seis viajes!

El lunes mi mamá transformó un disfraz de Batman sin logo de Batman en uno de diablillo gracias a un tenedor rojo súper gigante.

Aunque a mí me interesaba más el otro tenedor, el de uso diario, vamos. Y más después de ver que en el parque habían instalado un montón de puestos de comida típica, la cual, por supuesto, degusté con mi entusiasmo característico. Tanto, tanto, que en lugar de diablillo acabé disfrazado del niño atrapamanchas.

Creo que aunque ya haya acabado el carnaval dejaré a mano alguno de estos disfraces porque la verdad es que de vez en cuando gusta transformarse en otro personaje y… ¡no creo que tenga paciencia para esperar un año entero!

P.D. ¡Claro que pondré nuestra canción de carnaval! (Aplausos, aplausos….)

HABLA LUCA:

Entre las muchas cosas que he aprendido en estos nueve meses que ya acumulo a mis espaldas está el que, a pesar de que digan que todo va tan mal y eso, la gente siempre saca ganas para pasárselo bien. Lo comprobé en las Ferias de mi pueblo o en la Navidad, por ejemplo. Y ahora lo he vuelto a ver con una fiesta que me ha gustado un montón, el carnaval. Resulta que uno se viste cada mañana todo fashion, con sus mini vaqueritos, sus camisetas con mensaje, sus jerseys elegantes cuando toca… y oye, ir hecho un pincel no está nada mal. Pero por lo visto hay una época del año en que la ropa de todos los días se queda en el armario y se sacan otra clase de ropajes y vestimentas, mucho más coloridas, mucho más divertidas, y hala, te vas a la calle con ellas. Pero la cosa no queda sólo ahí, sino que además te puedes poner pelucas, gorros raros, pintarte la cara y hasta cambiarte de sexo. Yo no entiendo mucho de esto último, pero por lo visto es lo que más gusta a los chicos, ponerse medias, minifaldas, una melena rubia y eso de lo que mi mamá me da de comer. Yo, como de momento soy pequeño para elegir disfraz, me dejé llevar por mi mamá. Y la verdad es que el resultado fue muy gracioso.

Primero me disfracé de tierno ternerito acompañando a Leo y todos sus compañeros de clase el día del carnaval infantil. No sé la de potitos que mi mamá podría hacer con todas esas vacas, pero vamos, me da a mí que tendría hasta cumplir los dos años por lo menos, ¡menuda ganadería!

Primero estuvimos en el cole de Leo, vistiéndonos, haciéndonos un millón trescientas cuarenta y ocho mil novecientas veintidós fotos, cantando para animarnos… y luego dimos un paseíto ante la mirada sorprendida de la gente hasta otro colegio donde nos esperaban otro montón de niños disfrazados, ¡y los profes también! Había un escenario con unos altavoces enormes y los niños se fueron subiendo para cantar. Yo subí con mi mamá y el grupo de Leo, y ni lloré ni nada, feliz como una perdiz.

Tan, tan pero tan agusto estaba que hasta me quedé sopa en brazos de mamá y al ladito mismo del altavoz. Creo que eso no gustó mucho a mi porteadora, que dice que luego se las ve y se las desea para dormirme en casa y que el más mínimo ruido me despierta. Mamá, no te enteras de nada, cuando hay sueño… ¡hay sueño! Eché mi ratito de siesta en mi fular, y si ya de por sí estoy arrebatadoramente tierno durmiendo ahí, vestido de vaquita fui el no va más de lo empalagoso. Al despertar la fiesta seguía, así que no tuve problema en reengancharme, sobre todo después de que mi mamá me diera una galletita para entretenerme mientras veía las actuaciones de los niños. Porque aunque digan que las vacas sólo comen hierba, de vez en cuando un dulcecillo no les viene mal.

El sábado el carnaval continuaba, así que mi mamá rescató el disfraz de enanito de mi primo Alejandro que Leo no pudo lucir en su día por culpa de no sé qué invierno diluvioso. Me quedaba un poco grande (¿eh, mamá?), pero bueno, yo lo lucí lo mejor que pude, lo cual, teniendo en cuenta mi cuerpazo, ya es mucho.

Y aunque yo no he podido disfrutar muy activamente que digamos de los carruseles como ha hecho mi hermano Leo, un ratito sí que jugué en una súper colchoneta de Shrek.

Quedaba un día de carnaval (el domingo repetimos de vaquitas) pero ya no tenía más disfraces preparados, así que mi mamá no tuvo más remedio que ingeniárselas para prepararme uno de andar por casa. Fuimos a una tienda de hilos, telas y botones y le dijo a la dependienta que le diera todo lo dorado que tuviera. Luego buscó una camiseta grandota de Leo (¡que resultó estarme bien!), una gorra y me transformó en el miniyo en versión rechoncha de Eminem.

Después de los días de frío que hemos pasado hemos tenido mucha suerte porque el carnaval ha venido soleado y con algo de calorcito incluso, así que ya no teníamos excusa para salir cada mañana y hasta para quedarnos a comer en el parque. Sí, he dicho quedarnos en plural, ¡que yo ya casi soy uno más!

Me ha gustado un montón esta fiesta nueva y ya estoy deseando que llegue el año que viene para volver a disfrazarme. Porque aunque me han dicho que igual en poco más de un mes me colocan no sé qué túnica, yo creo que es más divertido lo de la melena rubia ;)

Nueve meses

18 de febrero de 2012 en La vida de Luca

Pero qué mayor me estoy haciendo, ¡nueve meses ya! Ay, qué lejos queda aquel bebé pequeñito, indefenso y silencioso que vino al mundo sin saber muy bien qué esperar de él. Pero ahora… ahora que ya he pasado tanto tiempo dentro como fuera de mamá he descubierto que lo que hay por aquí no está mal, nada mal. Y aunque allí estaba muy agusto, calentito, sin tener que preocuparme por nada, si alguien me preguntara si quisiera volver adentro le diría que ni pensarlo, ¡y menos después de todo lo que estoy aprendiendo últimamente!

Este mes han sido dos mis grandes logros: gatear y ponerme de pie yo solito. Ambos me han dado libertad de movimientos y me han convertido en una personita muy inquieta (mi mamá añade MÁS inquieta). Pero como de ellos ya hablé y no quiero repetirme, hoy voy a comentar otras cositas que también he aprendido en este último mes. Por ejemplo, a bailar. Me gusta la música, aunque como todo tengo mis canciones favoritas. La de Pato de Pocoyó, la de los pajarillos de Río y la del final de Bunnytown son las que más me gustan y cuando las escucho y alguien me dice, “¡baila Luca!“, allá que empiezo a balancearme siguiendo el ritmo. Bueno, lo de seguir es un poco presuntuoso, la verdad. Dejémoslo en que me muevo alegremente. Otra cosa, cuando estoy sentado con mamá y me apetece tomar un poco de teta empiezo a tirarle de la ropa para hacerle saber que tengo hambre. Intentar subirle la camiseta es la señal inconfundible para que se abra el grifo. Estoy progresando un montón con el tema del lenguaje y he ampliado mi repertorio de sonidos. Ahora digo mucho “pa-pa-pa-pa-pa“, “ba-ba-ba-ba-ba-ba” y “ta-ta-ta-ta-ta“. Y cuando digo lo del repertorio no me refiero sólo a variedad, sino también a intensidad. Y es que últimamente cuando me cabreo grito tanto tantísimo que un día de estos veo a los vecinos llamando a los de Asuntos Sociales porque pensarán que mis papás están haciendo picadillo conmigo. Pero es que a ver, que a uno le dejen en el parque para hacer la cama o recoger los juguetes que alguien ha dejado por ahí tirados no es plato de buen gusto. Ah sí, lo de tirar. Desde hace unos días he descubierto lo divertido que es lanzar objetos al suelo, no en plan arraseitor, ahí indiscriminadamente, no, me refiero a lanzarlos con conocimiento de causa, sabiendo que al golpear en el suelo harán ruido y que, como de lo que se trata es de mantenerme entretenido el máximo tiempo posible, un adulto me los devolverá para que yo vuelva a tirarlos, como muy bien explicó mi hermano Leo, desafiando la gravedad.

Sigo comiendo tan bien como siempre y poco a poco voy probando más cositas. Este mes lo más novedoso ha sido el pan y la pobre vaquita que pastaba en los prados. Todo delicioso. Lo de dormir no me va tanto y aún me despierto muchas veces a lo largo de la noche, pero es que a ver, cuando uno es inquieto lo es a cualquier hora del día.

Y nada, que ya sólo quedan tres meses para que cumpla mi primer añito. Sí, no me queda más remedio que decirlo, ¡cómo pasa el tiempo!

Ya sé leer. . . o algo parecido

15 de febrero de 2012 en La vida de Leo

Poquito a poco vamos avanzando con el tema de las letras. Superada con enorme éxito, modestia aparte, la fase de reconocimiento de cada una de ellas, ahora lo que toca es ir juntándolas para formar palabras. Por que sí, una letra suelta apenas dice nada, pero si la pones al lado de otra, de otra y de otra más… ¡sorpresa! El resultado es algo con sentido, una palabra que representa un objeto, una persona, una sensación… Y la cosa no queda ahí, no, que luego un montón de palabras juntas forman una frase, y muchas, muchas frases un texto. Aunque bueno, yo de momento me quedo en lo de la “m” con la “a”, “ma”, que soy listo, pero no hay que olvidar que sólo tengo tres años y medio…

Para ir familiarizándonos con el tema de las palabras en el cole este trimestre estamos trabajando, entre otras cosas, con unos cartelitos. Cada día llevamos a clase un cartelito de algo cotidiano que nos ha llamado la atención. Normalmente suelen estar relacionados con alimentos, como “macarrones”, “atún”, “leche”, “agua”… aunque es válido cualquiera. Yo por ejemplo llevé ayer uno que ponía “gormiti” y hoy uno de una barrita de chocolate de la vaca morada que ponía “leo”. Si, sí, ¡hay un chocolate que se llama como yo! ¿Verdad que mola? Cuando estamos en la asamblea tenemos que sacar nuestro cartelito, decir lo que pone en él, reconocer las letras y contar las sílabas que lo forman. Esto lo hacemos a base de palmadas. “Gor-mi-ti”, tres sílabas, tres palmadas, fácil, ¿verdad? Si lo hacemos todo bien nuestra seño nos da un punto y cuando conseguimos veinte los cambiamos por un cuento. Yo ya tengo uno, de Winnie the Poo. Así que ahora cuando veo algo escrito pregunto qué es lo que pone, por si la palabra me resulta lo suficientemente interesante como para que forme parte de la colección de cartelitos del cole. Aunque a veces no me hace falta la ayuda de nadie, que yo solito me basto y me sobro para descifrar alguna que otra palabra. Por ejemplo, el otro día vi por casa un bote azul de crema* que en seguida tomé entre mis manos, llevé a mi mamá y le dije: “mira, mami, aquí pone cre-mi-ta-del-a-güe-lo“. O como pasó en otra ocasión, que viendo unas letras** en la trona de Luca rápidamente deduje lo que allí ponía: “si-lla-de-Lu-ca“. Pero eso no es todo, que incluso soy capaz de formar mis propias palabras, para lo cual suelo utilizar los moldes para plastilina que los Reyes Magos me trajeron. Y así, como el que no quiere la cosa, puedo poner “Bu-dy” y hasta “Bus-Lai-yi-ar“.

Vaya, vaya, si al final voy a ser más listo de lo que yo pensaba… ¡y eso que sólo tengo tres años y medio!

*: Puede que los demás la identifiquéis como “Nivea“.

**: Por lo visto estás letras forman una palabra polisémica, que las he visto también en otras cositas del peque. “Jané” dicen que es…

Manifiesto antifrío

13 de febrero de 2012 en La vida de Leo, La vida de Luca

Ya no aguantamos más. Admitimos que el invierno tiene el mismo derecho a existir que el resto de las estaciones. Entendemos que cuando llega trae consigo el frío, pero… ¿tanto frío? Que llevamos unas semanas que hasta los pingüinos se ponen bufanda porque los pobres están helados, por favor. Que si quisiéramos podríamos fabricar cubitos de hielo a nivel industrial en nuestra terraza, donde por cierto hasta hemos visto auténticos chuzos de punta colgando del canalón. Que cada noche se congelan las tuberías del agua y cada mañana hay que salir abrigados hasta las cejas si no queremos morir de hipotermia nada más pisar la puerta de la calle. Y eso que solamente salimos para lo imprescindible, que es ir al cole, porque llegado el fin de semana nos atrincheramos en casa del abuelo, que bien que vamos a explotar su chinemea, y de ahí no hay quien nos mueva. Vamos, por no salir ya ni vamos al Carrefour, con eso os lo decimos todo. Y así un día, y otro, y otro, y otro más… Normal que estemos hasta las mismísimas narices de estar encerrados, nosotros, que somos hombres de aire libre… Porque esto de la clausura, la verdad, no es lo nuestro. Nos cansamos de jugar con-comer la plastilina, de pintar, de ver dibujos, de oír música, de los bloques de construcción, de los coches, de sentarnos, de levantarnos… Normal que entonces nuestro humor se resienta y nos pongamos en plan no me mires que te atizo, si es que entendedlo, ¡estamos hartos de estar en casa! Queremos salir al parque, montarnos en los columpios, correr con nuestros vehículos varios y ver a nuestros amigos cada tarde. Queremos que se acabe lo de ir forrados como cebollas, con pañales y calzoncillos de cuello vuelto, camisetas de interior, de exterior, calcetines hasta la rodilla, jerseys, sudaderas… por Dios, ¡que tardamos más en vestirnos que en desayunar! Queremos que los de Siberia se lleven su frío con ellos, que aquí nadie les ha pedido que nos lo manden. Y como alguien, viendo un paisaje nevado de los muchos que se ven estos días, vuelva a decir eso de “la cara amable del frío” o lo de “las estampas navideñas” directamente nos lo cargamos.

No sabemos muy bien quién tiene la culpa de que las temperaturas anden por el subsuelo, así que tampoco sabemos a quién dirigir todas estas quejas y reivindicaciones. Pero por si acaso, aquí las dejamos escritas, que ya sabemos que internet llega a todo el mundo. Y si el responsable nos lee, por favor, que se apiade de nosotros, que aunque nuestro papá en un intento desesperado de entretenernos hasta nos monte su Scalextric… ¡lo que nosotros necesitamos es salir de casa ya!

Fdo.: Leo y Luca
Pingüinos amateur

Arraseitor

10 de febrero de 2012 en La vida de Luca

Hay que ver qué manía que tiene la gente en cambiarle el nombre a las personas. Y cuando digo gente me refiero básicamente a mis papás. Y cuando digo personas, a mí mismo. Con la de vueltas que le dieron para encontarme un nombre, que al final lo decidieron entre contracciones de mamá camino del hospital, y ahora van y me llaman casi cualquier cosa menos Luca: que si gordito, que si tortuguita, que si porcu-porcu… y el último apodo que se han sacado de la manga: arraseitor.

Según ellos un arraseitor es uno que va arrasando con todo, y por lo visto aquí el que escribe responde a esa descripción. Y todo porque por la mañana cuando me despierto lo primero que hago (después de estornudar cuando Leo enciende la luz de la lamparilla) es dirigirme como un loco al cabecero de la cama, ponerme de pie e inspeccionar, seleccionar, agarrar y tirar, siempre en ese orden, todo lo que haya en él: los chupes de reserva, unos pendientes que mamá se quitó justo antes de acostarse, los pañuelos, una solitaria foto, un bote de crema, los cuentos de Leo… O porque cuando me sientan a la mesa me falta tiempo para lanzarme por el primer mando que encuentre, lo mismo me da que sea el de la tele, que el del DVD o el del aire acondicionado. Y quien dice mando, dice teléfono. Lo agarro, lo chupeteo y empiezo a golpearlo contra lo que sea. Y si hace falta, lo lanzo al suelo con toda la fuerza que mis bracitos me permiten. O porque cuando veo cerca un paquete de toallitas empiezo a sacarlas todas. O porque cuando hay un plato de comida delante mía no ceso en mi empeño hasta que no consigo meter la mano en él (y a veces hasta echárselo a alguien por encima). O… bueno, basta de ejemplos, que creo que ya ha quedado suficientemente demostrado el por qué del dichoso mote.

No es que quiera justificarme, reconozco que todo eso es cierto, pero mis papás deberían entender que soy un bebé y mi misión fundamental en la vida en este momento no es dar por saquillo como dicen ellos, sino investigar y descubrir todo lo que me rodea. Y si eso incluye agarrar por aquí y tirar por allá, pues oye, lo siento mucho. Además, alguien tendrá que comprobar la resistencia de los objetos a las caídas y los golpes, ¿no? Pues mira, ese alguien puedo ser yo mismo, que ahora con eso de que gateo y consigo ponerme de pie mi campo de actuación se ha multiplicado notablemente y puedo llegar a sitios que antes estaban fuera de mi alcance. Mi mamá me está mirando con cara de susto… Sí, creo que a partir de este momento van a poder la casa en modo blindado.

Ocurrencias varias

08 de febrero de 2012 en La vida de Leo

No sé qué pasa últimamente pero la gente se ríe conmigo (no de mí) un montón. Dicen que si estoy en no sé qué etapa graciosa y ocurrente, que si menuda imaginación que tengo, que si es que me quedo con todo y luego lo repito en la situación más insospechada… A mí no es que me importe demasiado que crean que soy chistoso, que no hay que olvidar que tengo sangre gaditana y allí eso es de ser gracioso es casi una obligación, pero hay veces que no entiendo el por qué de las risas de los mayores. Para explicarme pondré algunos ejemplos, todos ocurridos en el día de ayer:

Cuando mi mamá fue a recogerme al cole me preguntó como siempre qué tal me lo había pasado, si había hecho mis tareas y si me había comido el desayuno. Los martes es el turno de fruta y yo suelo llevar plátano, que es de lo que menos me disgusta. Entonces la miré con mi cara de “no te enfades mamá pero es que, es que…” y le dije que sólo me había comido la mitad. En estas mi seño, que andaba cerca, me oyó y le comentó a mi mamá que no había querido más porque yo le había dicho que no me gustaba el potasio. A mi mamá se le pusieron los ojos como dos platos, ¿el potasio? Pues sí, qué pasa, no me gusta el potasio de los plátanos. Sí hombre, esas manchitas negras que tienen… el potasio… ¿verdad que es desagradable? No sé de qué se reían tanto…

Luego por la tarde, otra interminable tarde de frío siberiano, después de hacer unas fichas de números, colorear y jugar con Luca, empezaba a aburrirme (por no decir a hartarme) de estar encerrado en casa de mi abuelo. Entonces recordé lo que a veces hace mi mamá para entretenerse, y es jugar al juego ese de los cerditos verdes. Así que ni corto ni perezoso le dije “mamá, que yo soy grande, ¿me dejas jugar al juego de los cerditos verdes que ya tengo tres años, tres? Mira, tres (y le saqué tres deditos), la W. Y nada, que empezó otra vez a reírse. No sé si fueron mis argumentos o mi comparación de la letra de Wario, pero el caso es que la risa hizo efecto y, después de no sé cuantas mil advertencias sobre el cuidado que debía tener con el aparatito, me lo dejó y pude jugar a los cerditos verdes.

Cuando nos íbamos a casa tocaba como cada tarde abrigarse bien, que aunque sólo había que cruzar la calle el frío este es muy traicionero y enseguida te agarras un catarro de cuidado. Mamá se colocó su abrigo y su magabufanda kilométrica y cuando se acercó a abrocharme el mío yo cogí parte de la bufanda, la enrollé sobre mi cuello y le dije, “mira mamá, ¡estamos abufados!” Ea, y otra vez las risas.

¿Alguien ve el chiste en alguno de los ejemplos? No, ¿verdad? Pues lo que yo decía, que no me explico dónde ven la gracia. Y no será porque no me pongo serio algunas veces cuando hablo con los mayores… Por cierto, me he dado cuenta que en esas situaciones en las que yo estoy más convencido de lo que digo y lo afirmo más seriamente ellos se tronchan más aún. ¿Será que se están cachondeando de mí? Espero que no, porque entonces sí que íbamos a tener un problema…

En fin, que mi mamá dice que tiene que empezar a apuntar todas estos comentarios míos que por lo visto hacen tanta gracia y que para eso se va a comprar una libretilla del chino. ¿Qué? ¿Papel tú, mamá? Espera , espera, ¡que ahora soy yo el que se ríe!

P.D. Efectivamente, mis rizos han pasado a la historia, ¡vuelvo a ser pelón!

¡Quiero comer!

06 de febrero de 2012 en La vida de Luca

Durante mis siete primeros meses de vida me he alimentado exclusivamente de la leche de mamá, que oye, muy rica, muy beneficiosa, muy barata, muy cómoda y muy de todo pero demasiado líquida para mi gusto. Que yo no veía a los mayores tomar leche para desayunar, para comer y para cenar, ahí siempre lo mismo, no. Ni siquiera para picar entre horas. No entendía porqué yo, que ya iba siendo un bebé mayor, tenía que seguir sólo con la dieta tetuna. Que mi mamá me daba cositas para ir probando, sí, pero no me satisfacían completamente. A ver, me gustaban porque eran sabores nuevos, y sobre todo, sólidos, pero sinceramente no terminaban de llenarme. Yo lo que quería era darle a la mandíbula y disfrutar de la comida como hacían ellos, y para eso necesitaba más cantidad. Así que me propuse demostrarles que ya estaba preparado para pasar a la siguiente fase.

Lo primero que hice fue dar muestras de mi entusiasmo cuando veía acercarse algún plato, a ver si así colaba que me dieran un poquito. Por suerte la técnica funcionaba. Vistas mis ganas, mamá pensó que efectivamente había llegado el momento de introducir nuevos alimentos, y así fue como comenzamos con los purés. Desde entonces no ha habido día en que no haya apurado el plato. Hay dos explicaciones para este apetito tan voraz mío: la de mi mamá, que dice que es que su puré está muy rico y no hay quien se resista a él, y la mía, mucho más fiel a la realidad, que dice que es que mi mamá me echa demasiado poco y que así es fácil acabárselo enterito. Y yo, que soy muy listo y ya voy conociendo cómo funcionan las cosas-guión-mamá, sé por qué lo hace. No quiere que me llene para que así siga tomando mucha teta. Pero, ¿sabéis qué os digo? Pues que el tiro le está saliendo por la culata, porque cuando me termino mi puré me cabreo mucho, muchísimo. Bueno, la verdad es que también me mosqueo antes de empezar a comer, vamos, que en cuanto veo que se prepara la mesa y aún no tengo nada en la boca me pongo a gruñir y tieso como un palo (es lo que dice mamá). En fin, como iba diciendo, que el plan este que se ha ideado falla por todos sitios porque para consolarme (y para que la deje comer a ella) al final acaba dándome comida de su plato: patatas cocidas, pollo, arroz, guisantes, maíz, tomate… vamos, que no le hago ascos a nada. Yo lo pido a mi manera, soltando el chupe, balanceándome adelante y atrás y haciendo ruiditos con la boca. Suerte que ellos ya me entienden. Tanto me gusta comer que hasta empiezo a salivar cuando veo la thermomix funcionado, así que como dice mi papá, este verano está claro, tendrán que pedir dos cervezas y cuatro tapas porque a este ritmo le voy a echar delante a Leo, y mira él que es de buena boca. Y aunque esto de la comida es un tema muy serio para él, me quiere tanto que incluso en ocasiones hasta  comparte la suya conmigo. Lo que no sé es por qué mis papás no lo dejan hacerlo cuando no están ellos cerca, que dicen no sé qué de que si es un borriquillo y me va a atragantar con trozos muy grandes…

Y una novedad ¡por fin me han dejado probar el pan! Estoy feliz porque eso supone un horizonte sin fin de nuevos alimentos por probar. ¡Demos la bienvenida al gluten!

Así que si alguna vez estando conmigo y con comida alrededor notáis que me pongo tenso y nervioso ya sabéis qué hacer para calmarme… ¡dadme de comer!

Aquí estaba desayunando churros, ¡como todo un buen dominguero!

Buenas noches, princesa

03 de febrero de 2012 en La vida de Leo

Llega la hora de dormir. Mamá está en la cama con Luca, que por suerte ya se ha dormido. Yo me acuesto en la mía, la de ovejitas, a su lado, y ella y yo, en medio de la penumbra, empezamos a hablar bajito, muy bajito porque el enano tiene un oído de superhéroe (además de un sueño de pluma) y puede despertarse enseguida. Hacemos balance del día que está a punto de acabar, me cuenta alguna historia, nos hacemos mimitos, me coge de la mano… Son apenas unos minutos, pero los dos los disfrutamos mucho porque casi son los únicos que tenemos para nosotros solos, que el peque de la casa sí, muy chico y muy bonico pero es un tiranillo acaparador que me la tiene monopolizada.

El ambiente relajado empieza a hacer efecto. Ambos estamos cansados y decidimos que mejor vamos cerrando ya los ojos. Entonces empieza nuestra particular ceremonia de despedida. Ella me dice, “buenas noches, tesoro, que duermas bien“, a lo que yo, que soy muy educado, respondo con mi propio “buenas noches“. Ella continúa, “te quiero mucho, hasta el infinito y más allá“, cosa que yo repito porque sí, también quiero mucho a mi mamá. Nos damos un beso, y, hala, hasta el día siguiente.

Pero lo que mi mamá no se esperaba es que hace unas cuantas noches fuera yo el que el que empezara con el ritual, y menos aún que de buenas a primeras le dijera “buenas noches, princesa“. Alguien podría pensar que soy un adulador, un mini Valentino (no Rossi) que utiliza estas bonitas palabras para camelarse a su mamá y ganar puntos de cara a una hipotética carrera entre hermanos. Pero no, yo no soy así. Aquello me salió del corazón porque soy muy cariñoso y no me da corte demostrarlo. Y para mí, mi mamá es mi princesa de cuento de hadas.

Sobra decir que en ese momento mi mamá ni hermanito ni nada, dio un brinco y se plantó en mi cama a comerme a besos y abrazos y a decirme que yo era su rey, su príncipe y su caballero todo junto y que ahora el infinito ese hasta donde me quiere estaba otros tropecientos años luz más lejos. La verdad es que no sé muy bien donde queda eso, pero tampoco es que me importe demasiado. Mientras mi mamá me siga queriendo como hasta ahora para mí es más que suficiente.

Creo que la hice feliz al hacerla de la realeza :)

Y me puse de pie

01 de febrero de 2012 en La vida de Luca

Todo sucedió de la forma más inesperada hace unos cuantos días. Estábamos en el salón de casa, que por lo visto en esta época del año tan fría también hace las veces de sala de juegos infantil. Todos juntos, más calentitos. En fin, que yo estaba en la alfombra jugando con mamá, papá veía la tele y Leo andaba pintando o aporreando unos coches o inventando algo, no recuerdo exactamente. El caso es que mamá se levantó e intentando una inútil maniobra de despistaje, salió del salón dejándome en posición gatuna, que es lo que me gusta ahora, y rodeado de un montón de juguetes. Cuando esto sucede lo más normal es que me ponga a llorar como un descosido y empiece a perseguirla. Sí, creo que ya ha quedado claro en varias ocasiones que vivo una constante angustia de separación, pero bueno, eso es otro tema… Sin embargo aquella tarde me dije, “venga Luca, dale un respiro y déjala que se vaya un rato y tú… bueno, tú juega con esa mesa tan chula que te ha dejado ahí, que mira qué de lucecitas y cosas tiene“. Y como no estaría bien desobedecerme a mí mismo, me dispuse a jugar con la mesa en cuestión. En ese momento me encontré con una dificultad. La mesa no estaba volcada como a veces me la pone mi mamá para que yo juegue mientras estoy sentado, sino que estaba como tienen que estar las mesas, con sus patas sobre el suelo. Pero aquello no iba a detenerme, no. Yo quería girar la rueda de las abejitas para que sonara la canción del alfabeto que tanto le gusta a Leo y vaya si lo iba a conseguir. Así que asumí el reto y me lancé a la conquista de la mesa bilingüe de aprendizaje. Gateé hasta ella, me agarré de un brazo y luego de otro, hinqué las rodillas, apoyé un pie en el suelo, el otro… ¡y me levanté! Sí, lo hice, ¡y lo hice yo solito! Pero lo más sorprendente de todo es que ni Leo (que también lo hizo por primera vez en esa misma mesa), ni mi papá ni mi mamá me vieron hacerlo. Como os lo cuento. Cuando mi mamá volvió a entrar al salón mi papá, que al verme de pie se sentó a mi lado, le preguntó:

- Oye, ¿tú lo has puesto de pie y te has ido?

A lo que ella, con cara de ni-que-estuviera-loca, le contestó:

- Pues no.

Entonces mi papá, que no tuvo que pensar mucho, le dijo:

- Anda, pues entonces se ha puesto de pie él solito.

Ay, todavía me estoy riendo por dentro… ¡menuda cara que pusieron!

En fin, no cabe la menor duda, empiezo a dominar mi cuerpo… ¡y eso me encanta!

Leo y Luca en nunca jamás funciona con WordPress | Acceder
Suscríbete a las entradas y a los comentarios.