Carnavaleros
HABLA LEO:
Vale que están el de Cádiz, el de Río de Janeiro o el de Las Canarias, sí, todos muy famosos y espectaculares. Pero aquí en nuestro rinconcito olivarado de Jaén también tenemos nuestro carnaval, y oye, bien conocido que es. ¡Si hasta nos regala un día de fiesta local! Y digo yo, eso es porque algo de importancia tendrá, ¿no? Yo creo que sí, que no hay más que salir a la calle y ver el ambiente para darse cuenta de que a mis paisanos les va la marcha y el disfraz. Y uno que es fiestero y payasete por naturaleza, pues no podía menos que engancharse al tren de la diversión del carnaval.
Empezamos en nuestro cole. Nunca lo he contado, pero casi todos los días en el ratillo del patio jugamos al toro de fuego. Uno hace de toro, normalmente mi amigo Álvaro, y los demás de toreros espontáneos. Nos lo pasamos genial. Así que las seños de los dos cursos de 3 años pensaron que estaría bien disfrazarnos de cornudos. Mientras escribo esto oigo algunas risas, no sé por qué… En fin, que como el disfraz de toro iba a ser un tanto serio para unos pequeñajos como nosotros, decidieron que mejor nos colocábamos uno de vaca, que oye, ellas también tienen su cornamenta. Más risas, empiezo a mosquearme… No hubo más que hablar, en un santiamén con convertimos en un rebaño de cuarenta y ocho vacas ni más ni menos… ¡más los terneritos extra!
Suerte que muchas de nuestras mamás y papás ayudaron a controlar el rebaño disfrazados de vaqueras y vaqueros. Bueno, casi todas las mamás iban de vaqueros porque según ellas el disfraz era más chulo. La mía, sin embargo, tuvo que ponerse el de su sexo correspondiente porque mi papá se colocó el de hombre y en su opinión no era cuestión de parecer no sé qué tipos de Brokeback Montain… a mí ni me miréis, yo ni idea. Las vacas (3 años), los pintores (4 años) y los trogloditas (5 años) nos fuimos al cole de los niños de primaria (es que el nuestro está aparte). ¡Menudo escándalo llevábamos!
Una vez allí nos sentaron frente a un escenario donde cada curso cantó su cancioncilla de carnaval. Nosotros habíamos estado ensayando la nuestra durante muchos días y creedme si os digo que lo hacíamos fenomenal, con nuestra coreografía de cuernos y todo, pero una vez arriba nos cortamos un poco, ya sabéis, el miedo escénico, así que al final sólo se oía a las mamás.
Me lo pasé genial con todos mis amigos, y tanto me gustó mi disfraz que hasta tuve que comer con él ese día. Mi mamá se empeñó en que me lo quitara para dormir, cosa que no me hizo gracia, pero al final accedí porque me prometió volver a ponérmelo otro día.
Y cumplió. Pero no sólo me volví a vestir de vaquita el domingo de carnaval, no, ¡tenía más disfraces preparados! Y así el sábado, como recién llegado de la época medieval, me convertí en el caballero más valiente de toda La Torre.
Luché con otros caballeros, con un pistolero del oeste y con algún que otro superhéroe, fue muy divertido. Aunque sin duda lo que más me gustó, no sólo de ese día sino de todo el carnaval fueron los carruseles, ¡y que vivan los abonos de seis viajes!
El lunes mi mamá transformó un disfraz de Batman sin logo de Batman en uno de diablillo gracias a un tenedor rojo súper gigante.
Aunque a mí me interesaba más el otro tenedor, el de uso diario, vamos. Y más después de ver que en el parque habían instalado un montón de puestos de comida típica, la cual, por supuesto, degusté con mi entusiasmo característico. Tanto, tanto, que en lugar de diablillo acabé disfrazado del niño atrapamanchas.
Creo que aunque ya haya acabado el carnaval dejaré a mano alguno de estos disfraces porque la verdad es que de vez en cuando gusta transformarse en otro personaje y… ¡no creo que tenga paciencia para esperar un año entero!
P.D. ¡Claro que pondré nuestra canción de carnaval! (Aplausos, aplausos….)
HABLA LUCA:
Entre las muchas cosas que he aprendido en estos nueve meses que ya acumulo a mis espaldas está el que, a pesar de que digan que todo va tan mal y eso, la gente siempre saca ganas para pasárselo bien. Lo comprobé en las Ferias de mi pueblo o en la Navidad, por ejemplo. Y ahora lo he vuelto a ver con una fiesta que me ha gustado un montón, el carnaval. Resulta que uno se viste cada mañana todo fashion, con sus mini vaqueritos, sus camisetas con mensaje, sus jerseys elegantes cuando toca… y oye, ir hecho un pincel no está nada mal. Pero por lo visto hay una época del año en que la ropa de todos los días se queda en el armario y se sacan otra clase de ropajes y vestimentas, mucho más coloridas, mucho más divertidas, y hala, te vas a la calle con ellas. Pero la cosa no queda sólo ahí, sino que además te puedes poner pelucas, gorros raros, pintarte la cara y hasta cambiarte de sexo. Yo no entiendo mucho de esto último, pero por lo visto es lo que más gusta a los chicos, ponerse medias, minifaldas, una melena rubia y eso de lo que mi mamá me da de comer. Yo, como de momento soy pequeño para elegir disfraz, me dejé llevar por mi mamá. Y la verdad es que el resultado fue muy gracioso.
Primero me disfracé de tierno ternerito acompañando a Leo y todos sus compañeros de clase el día del carnaval infantil. No sé la de potitos que mi mamá podría hacer con todas esas vacas, pero vamos, me da a mí que tendría hasta cumplir los dos años por lo menos, ¡menuda ganadería!
Primero estuvimos en el cole de Leo, vistiéndonos, haciéndonos un millón trescientas cuarenta y ocho mil novecientas veintidós fotos, cantando para animarnos… y luego dimos un paseíto ante la mirada sorprendida de la gente hasta otro colegio donde nos esperaban otro montón de niños disfrazados, ¡y los profes también! Había un escenario con unos altavoces enormes y los niños se fueron subiendo para cantar. Yo subí con mi mamá y el grupo de Leo, y ni lloré ni nada, feliz como una perdiz.
Tan, tan pero tan agusto estaba que hasta me quedé sopa en brazos de mamá y al ladito mismo del altavoz. Creo que eso no gustó mucho a mi porteadora, que dice que luego se las ve y se las desea para dormirme en casa y que el más mínimo ruido me despierta. Mamá, no te enteras de nada, cuando hay sueño… ¡hay sueño! Eché mi ratito de siesta en mi fular, y si ya de por sí estoy arrebatadoramente tierno durmiendo ahí, vestido de vaquita fui el no va más de lo empalagoso. Al despertar la fiesta seguía, así que no tuve problema en reengancharme, sobre todo después de que mi mamá me diera una galletita para entretenerme mientras veía las actuaciones de los niños. Porque aunque digan que las vacas sólo comen hierba, de vez en cuando un dulcecillo no les viene mal.
El sábado el carnaval continuaba, así que mi mamá rescató el disfraz de enanito de mi primo Alejandro que Leo no pudo lucir en su día por culpa de no sé qué invierno diluvioso. Me quedaba un poco grande (¿eh, mamá?), pero bueno, yo lo lucí lo mejor que pude, lo cual, teniendo en cuenta mi cuerpazo, ya es mucho.
Y aunque yo no he podido disfrutar muy activamente que digamos de los carruseles como ha hecho mi hermano Leo, un ratito sí que jugué en una súper colchoneta de Shrek.
Quedaba un día de carnaval (el domingo repetimos de vaquitas) pero ya no tenía más disfraces preparados, así que mi mamá no tuvo más remedio que ingeniárselas para prepararme uno de andar por casa. Fuimos a una tienda de hilos, telas y botones y le dijo a la dependienta que le diera todo lo dorado que tuviera. Luego buscó una camiseta grandota de Leo (¡que resultó estarme bien!), una gorra y me transformó en el miniyo en versión rechoncha de Eminem.
Después de los días de frío que hemos pasado hemos tenido mucha suerte porque el carnaval ha venido soleado y con algo de calorcito incluso, así que ya no teníamos excusa para salir cada mañana y hasta para quedarnos a comer en el parque. Sí, he dicho quedarnos en plural, ¡que yo ya casi soy uno más!
Me ha gustado un montón esta fiesta nueva y ya estoy deseando que llegue el año que viene para volver a disfrazarme. Porque aunque me han dicho que igual en poco más de un mes me colocan no sé qué túnica, yo creo que es más divertido lo de la melena rubia















