Los besos no son un premio
Siempre he sido un niño muy cariñoso. Me gusta dar besos y abrazos y no me corto si tengo que decirle a las personas que quiero, eso, que las quiero. Últimamente sobre todo a Luca, que mira que en ocasiones me saca de quicio intentando quitarme el juguete que tengo (no se conforma con otro, siempre quiere ese con el que yo estoy jugando en ese momento), o acaparando la atención de mamá con sus lágrimas de cocodrilo, pero que a pesar de todo me tiene robado el corazón. Por eso hay veces que de buenas a primeras me acerco a él, lo achucho muy fuerte y le digo, “ay, ¡que te quiero, Luca!“. Sí, soy así de efusivo y tierno, quizás porque desde pequeño mis papás lo han sido conmigo y ya se sabe que los niños hacemos lo que vemos… ¡hasta que tenemos criterio suficiente para hacer lo que nos da la gana! Como por ejemplo dejar todos los juguetes por ahí tirados, comer con las manos, desoír la quinta llamada a ponerse el pijama, sentarse a la mesa, lavarse la cara… en fin, esas cosillas que hacen que nuestro día a día sea mucho más ameno y divertido. Lamentablemente mis papás no son de la misma opinión y creen que mi autoaprendizaje roza a veces los límites de la desobediencia más absoluta. Por eso, y porque dicen que quieren hacer de mí una persona responsable y que cumpla las normas cuando hay que cumplirlas, de vez en cuando usan la técnica de los premios para estimularme a hacer las cosas bien, entiéndase bien igual a como ellos quieren. Estos días de carnaval, por ejemplo, si me portaba como se supone debe hacerlo un niño modelo me regalaban una ficha para montarme en los carruseles. Otras veces, si atiendo a sus peticiones a la primera o como mucho a la segunda, mi mamá me deja jugar a los cerditos verdes de su teléfono grande. Y uno, que se deja chantajear, pues tan feliz.
He de decir que esto de los premios tiene sus reglas, quiero decir, que no me los dan por cosas que en teoría son mi obligación. Por ejemplo, comer… aunque bueno, para eso la verdad es que tampoco hay que achucharme demasiado… O por ir al cole, ya me entendéis. Además los premios han de ser lo suficientemente excepcionales para captar mi atención. Por eso cuando un día me como todo el plato y le pido a mi mamá un premio por ello me dice que naranjas de la china, que si quiero un premio me da un besito. Entonces yo me pongo todo serio y le digo “no mamá, los besos no son un premio“. Porque como ya he dicho antes, otra cosa no, pero besos y abrazos recibo (y doy) cada dos por tres, así que eso de excepcional no tiene nada de nada, ¿o es que acaso no entiendes tus propias reglas? Pero ella ahí que insiste con lo del besito. “Mamá, he hecho pipí yo solito, ¿me das un premio?” “Vale, te doy un besito. ”Mamá, mira qué bien bailo como un robot, ¿me das un premio?” “Vale, te doy un besito“ No, si a veces pesada es un rato largo…
Dice que aunque ahora los besos no me parezcan un buen regalo probablemente en unos años cambie de opinión y cuando alguna chica se ofrezca a regalarme uno seguro, seguro que lo acepto encantadísimo. Pero no sé yo, no sé yo… ¡la verdad es los cerditos verdes molan mucho más!

