Un añito
Han pasado doce lunas llenas desde aquella noche en que el astro azul en todo su esplendor iluminó mi llegada a este mundo, una por cada mes del año hasta llegar de nuevo a mayo, a este 18 de mayo, el día más especial y mágico para mí. Porque otros probablemente podré elegirlos cuando sea mucho más mayor, como el día de mi boda o ese en el que me aventure en un viaje a algún país muy lejano. Pero el día que naces… ese te lo regala el destino y por eso está marcado con el rojo mas rojo de todos los rojos del mundo en el calendario. Y hoy, por primera vez para mí, ese calendario vuelve a situarme en él, o lo que es lo mismo… ¡hoy celebro mi cumpleaños!
Aún me parece mentira, ¿de verdad ha pasado tanto tiempo? Aunque bueno, tanto cambio y tanto crecer y crecer no es algo que ocurra de la noche a la mañana, ¿no? Porque no se puede negar que de aquel bebé pequeñito de carita redonda que era un servidor cuando nació ya no queda prácticamente nada. Vale, la carita redonda la conservo (y la belleza que la acompaña, que todo hay que decirlo, también), pero poco más, que empecé siendo un bebé tranquilo y dormilón y he acabado convirtiéndome en “un terremoto en toda regla que no para quieto ni un segundo” (palabras textuales de mi mami). Pero qué le vamos a hacer, así soy yo: inquieto, intenso, aventurero, osado, apasionado y con mucho temperamento. Vamos, lo que se dice un Tauro en toda regla. Y bien orgulloso que estoy de cómo soy, un chico con una enorme personalidad desde la cuna. Bueno, lo de la cuna es un decir que se dice, porque lo que es yo en este año no la he probado, que yo soy de los de dormir en la cama con mis papás. Porque sí, porque a mí me gusta tener cerca a mi mamá, de día y de noche, de noche y de día. Y cualquiera que me conozca tan sólo un poquito lo sabe, que bebo lo vientos por ella. Vamos, que en este año lo más que hemos estado separados ha sido… ¿cuánto? ¿Media hora? ¿Una a lo sumo? Sí, ha sido un año de intensa relación. Bueno, y de más cosas. De teta rica (¡hemos llegado al año!), de sueñecitos en mi fular, de risas y juegos con mi hermano y mi papá, de aprendizaje continuo, de sorprendentes descubrimientos, de sabores, de viajes, de dibujitos animados, de paseos en el parque, de kilómetros de gateo… y de lágrimas, muchas, muchas lágrimas. Pero entendedlo, es enormemente frustrante para mí que los mayores no entiendan mis necesidades, así que no me queda otra que expresarme de la única forma que sé hacer: llorando.
Llego al año con cuatro dientes, un pelo rubio y rizadillo de la cocorota que las vuelve locas a todas, un cuerpo bien pero bien torneado y un amplio repertorio de habilidades de esas que tanto les gusta a mis papás enseñar: las palmitas, el adiós, adiós con la manita, los besos en la mejilla, mis bailes desenfrenados… Pero sí, así también soy yo, un bebé listo que rápidamente se queda con todo.
Este ha sido mi primer año de vida, el más importante por los cambios tan radicales que he experimentado desde que nací, pero también por todo cuanto he conocido en él. Estoy feliz de celebrarlo, y sobre todo de hacerlo con la gente que me quiere, que eso sí que ha sido un enorme descubrimiento, ¡es un montón!
Así que no me queda otra que decir…
¡FELICIDADES A MÍ!













