Leo y Luca en nunca jamás

En modo Navidad

por Se el 09 de diciembre de 2011 en La vida de Leo

Me parece increible que ya sea 9 de diciembre y yo todavía no haya hablado de Navidad. Que los de la lotería llevan vendiendo décimos desde que aún cantaban las chicharras y yo lucía cuerpazo en bañador, que los de los mantecados y turrones hace ya meses que agotaron las existencias de harina y almendras, ¡que los juguetes se salen por las puertas de las tiendas desde hace semanas! Y bueno, no será porque este año no hemos comenzado pronto… Pero es que, digo yo, ya que te pones a plantar árboles en el salón de casa y a llenarlos de figuritas varias al tiempo que haces una reconstrucción a escala más o menos exacta del Belén de hace más de dos mil años, lo suyo es que lo hagas con tiempo y así lo puedas disfrutar lo máximo posible, ¿no creeis?

Pues eso es lo que hemos hecho nosotros este año. Normalmente esperábamos a que llegara esta especie de puente-acueducto del mes de diciembre, que este año nos ha dejado sólo dos días de clase en toda la semana, para poner la casa en modo Navidad. Pero con la excusa de inaugurar un calendario de adviento que me ha hecho mi mamá, ella, que para qué vamos a negarlo, es la que decide estas cosas en casa, pensó que ya puestos dedicábamos una tarde del recién estrenado mes de diciembre a hacer de decoradores.

Con toda la paciencia del mundo… bueno, con toda la que te permite tener un niño de tres años que no para quieto y un bebé de seis meses y medio que ha venido a hacer santo al primero, mamá me explicó que el mes que acababa de comenzar era el de la Navidad, esa época del año en que se celebra el nacimiento del niño Jesús, te juntas con la familia, empieza un nuevo año y sí, ¡en la que vienen los Reyes Magos! Y que aunque los de la lotería, los mantecados y turrones y los de los juguetes se empeñen en adelantarla, no comienza oficialmente hasta el día 24. Y eso es lo que íbamos a contar con ese calendario, los días que faltaban a partir de ese momento para que llegara la Navidad (y ya de paso, repasar los números, que esta no pierde ocasión para afianzar mis conocimientos).

Por lo visto cada sobrecito contenía un regalito y debía esperar a que llegara el día correspondiente para abrirlo y descubrirlo. Sí, claro, dile tú a un niño que tiene un montón de sorpresas ante sí que no puede abrirlas todas de golpe, a ver qué hace. Pues lo normal, que en cuanto abre el uno pues quiere abrir el dos, y luego el tres, el cuatro… Pero no, abrí el uno, me comí el coche de chocolate que escondía y me tuve que esperar al día siguiente para seguir abriendo sobres.

Suerte que acepté lo de la espera, que si no ya veía al Rey dando el discurso el mismo día uno…

Lo del árbol ya más o menos sabía cómo iba, que ya el año pasado me titulé en lo de colgador de bolitas. El árbol sigue siendo el mismo, los adornos siguen siendo los mismos y hasta las luces con música incluida, también las mismas. Pero yo… yo sí que he cambiado. Ahora soy un niño decidido, independiente y con carácter así que lo que entonces hice con ayuda este año he exigido hacerlo yo solito. Porque sí, proque me basto y me sobro para dejar el abeto que ni el de la Puerta del Sol.

Después de acabar mi obra vino mamá. Siempre viene mamá. Me dijo que si es que en el árbol había no sé qué agujero negro que tendía a tragarse las bolas y por eso todas estaban concentradas en el mismo sitio, esperando a ser devoradas. Yo la miré con cara de “pero qué narices me estás contando, mamá, si está la mar de bonito”. Ella decía que uy sí, que qué maravilla de árbol, que qué precioso me había quedado, que era el campeón de las bolas… pero que mejor las poníamos así, asá, subíamos esta, bajábamos la otra… vamos, ¡que mejor lo hacíamos a su manera! De nuevo la ortodoxia y la simetría se impuseron a la creativividad, pero te lo advierto mamá, que esto no quedará así. Algún día tendré mi propio arbolito y lo dejaré como a mí me dé la gana, ¿entendido? Pues eso,

¡Feliz pre-navidad!

Especial informativo

por Se el 07 de diciembre de 2011 en La vida de Luca

Interrumpo la programación habitual de este blog saltandome previo consentimiento suyo el turno de Leo porque hay una noticia de vital importancia que debo comunicar.

El pasado 3 de diciembre fue el día. Amanecí febril y muy apagado, cosa bastante extraña en mí porque, como ha quedado más que claro, soy un bebé inquieto y activo por naturaleza. Aparentemente no había ningún síntoma que indicara que padeciera alguna de las enfermedades propias del (odioso) invierno: ni mocos, ni tos, ni vómitos… Así que todo apuntaba a que el origen de mi malestar estaba en algún bichejo indeterminado de esos que sólo se pueden combatir con muchas dosis de paciencia. Sí, ese gran curalotodo que por desgracia no venden en farmacias. O… ¿acaso era posible que…? Total, ya son seis meses y medio los que tengo y no sería nada raro. Podría ser entonces, sí, que algo de eso había oído antes. Esa fiebre asintomática… Sí, mi mamá, que en esto ya tiene una dilatada experiencia, debió pensar lo mismo que yo, así que con la expectación propia de las grandes ocasiones y la ilusión de un gran descubrimiento por hacer comenzó la búsqueda. Y sí, allí estaba…

¡¡¡MI PRIMER DIENTE!!!

Fue en la puerta de la casa de mi abuelo, mientras Leo jugaba y yo tomaba el solecito del otoño. Allí, con toda la luz del mundo para iluminarlo, mi mamá lo vio por primera vez. Era el pequeñito de abajo, el izquierdo, el que asomaba su puntita por mi dolorida encía. Y eso que yo ya llevaba varios días avisando, que lo único que decía era “te, te, te“.

Dicen que esto del primer inquilino de la boca es todo un acontecimiento para cualquier bebé, y no lo dudo, porque eso supone que comienza el camino hacia la era de la masticación (si es que algún día mi mamá se decide a darme otra cosa que no sea teta), pero vamos, yo bastante ocupado he estado mantenerme lo más animoso posible a pesar de los tres días enteritos (con sus tres noches interminables, añade mi almohada particular) en los que la fiebre no me ha dado tregua. Baños de madrugada, jeringuillazos de paracetamol, ropa fuera (esta parte no ha estado mal del todo) y brazos, muchos, muchos brazos. Y es que eso de estar malo es muy malo.

Mi hermano Leo me ha dicho que sea paciente porque por lo visto aún queda mucho para que complete mi dentadura y la luzca tan radiante como él, Y yo digo, sí, claro, a toro pasado todo se ve mucho más fácil. Es como si él me saludara desde la cima del Everest mientras yo lo miro desde abajo viendo toda la mole que me queda por escalar. Diecinueve campos base antes de colocar mi banderita, quién sabe si con tempestades como la de estos días. Pero bueno, mejor no adelanto acontecimientos y disfruto de mi recién estrenada sonrisa monodental, ¡bien por mí!

I am a bad boy

por Se el 02 de diciembre de 2011 en La vida de Luca

Hay que ver, qué internacional me he vuelto, titulando mis post en la lengua de Sheakespeare ya… Pero es que hoy estoy juguetón y lo del inglés tiene algo de truquillo.

Me explico. Hace ya más de cinco meses escribí esta entrada con el mismo título pero en el idioma del más grande de los nuestros, y no, no me refiero a Pau Gasol, sino a Cervantes. En ella relataba cómo desde el punto de vista del exterior (llámese exterior todo lo que no tenga un grado de consanguinidad conmigo superior a uno) mi actitud y fuerte carácter hacían que fuera considerado un niño malo. Pero malo, malo. Por aquél entonces el consuelo de los míos, y al mismo tiempo su razón fundamental para no estrellarme alguna que otra tarde, era que con apenas un mesecillo en el mundo aún me encontraba en ese periodo de adaptación que tan de moda está últimamente. La empatía era la mejor forma de armarse de valor cuando me ponía en modo llorón o quería comer cada dos por tres, seis.

Ahora ya tengo seis meses y medio. No es que haya alcanzado la pubertad, pero vamos, bastante mayorcito sí que voy siendo ya, así que esa excusa ya no cuela. Puedo girar sobre mí mismo, permanecer sentado largo rato, de pie cuando me sujetan… Consigo alcanzar objetos, manipularlos o chuparlos e incluso mi visión es cada día más clara, con lo cual podría entretenerme sentado tan tranquilo en mi hamaquita con los dibujitos o simplemente viendo los coches pasar. Podría hacerlo, pero no. No lo hago porque soy malo. O mejor dicho, porque como dice mi mamá, soy BAD.

Y así es, amigos, ahora resulta que esa que me trajo al mundo, esa que me come a besos, me abraza, me mima y me da de comer, esa que afirma que me quiere más que a nada en el mundo, mi mamá, también piensa que soy BAD. Cuando me enteré me entristecí bastante y la verdad, también me decepcioné. Duele que la persona en la que has depositado toda tu confianza tenga ese concepto tan negativo de ti. Menos mal que luego me explicó que la cosa no iba por donde yo pensaba y que lo de BAD no era por malo, sino porque cree que soy un Bebé de Alta Demanda. ¿Mande?

Bueno, interneteando he encontrado las caracteríaticas que definen a eso que se se supone que soy, un BAD. Ahí van.

1. INTENSIDAD
Ponemos más energía en todo lo que hacemos: lloramos muy alto, comemos vorazmente, sonreimos con gusto y protestamos con más fuerza si nuestras necesidades no son cubiertas a nuestra satisfacción.

2. HIPERACTIVO
Relacionado con la intensidad arriba referida. Causa hipertonía muscular. Nos va por ello muy bien el contacto físico, que nos relaja.

3. ABSORBENTE
Chupamos toda la energía de mamá.

4. MAMA FRECUENTEMENTE
Eso significa que hay días que hace dudar a nuestras mamás si se habrán convertido en un chupete humano.

5. DEMANDANTE
Nuestras demanadas siempre tienen un carácter de “urgencia” exagerada.

6. DESPERTARES FRECUENTES
Necesitamos más de todo menos dormir. Nos despertamos cada hora, también por la noche. Y como se le ocurra a alguien toser o estornudar allí estaremos con nuestros ojitos abiertos.

7. INSATISFECHO
Con nosotros hay que jugar a prueba y error constantemente.

8. IMPREDECIBLE
¡Lo que ayer funcionaba hoy ya no sirve!

9. HIPERSENSIBLE
Nos excitamos con cualquier cosa. Estamos siempre en estado de alerta, ruidos normales nos sobresaltan. Somos muy empáticos.

10. PIEL CON PIEL
No nos basta con que mamá esté cerca, queremos tocarla, así que queremos brazos, dormir con ella… extraemos del entorno el máximo contacto físico posible.

11. NO SE CALMAN SOLOS
No sólo necesitamos ayuda para dormirnos, como cualquier bebé; también la necesitamos para seguir dormidos.

12. SENSIBLE A LA SEPARACIÓN
La canción “Only you” es nuestro tema favorito. Vivimos en una eterna fase de angustia de separación.

A ver, sí a la 1, sí a la 2… sí a la 7… sí a la 9… ¡sí a todo! Ay, madre, que va a tener razón, ¡soy un BAD! Ahora entiendo por qué me paso todo (todo) el día en brazos, por qué me cabreo tanto (tanto) cuando mamá me deja en el parque o en la alfombra para ir a hacer pipí… ¡o por qué a veces se apiada de mí y me lleva con ella al excusado! Lo de despertarme un montón de veces cada noche y sólo volver a dormirme mamando un poquito, lo de llorar a grito pelado cuando mamá sale de mi campo de visión, lo de comer (ella) conmigo en brazos, lo de sacar a pasear al carrito, lo de mis agitadas siestas en brazos o en el fular o lo de aburrirme después de estar en un sitio más de diez minutos.

En fin, sé que ponerle nombre a lo que soy no cambia las cosas, y bueno, tampoco es que me importe demasiado. Sólo lo comento, y vale sí, lo admito, porque puede que así ayude a los mayores a que entiendan un poquito mejor este carácter mío tan particular. Suerte que, con etiqueta o sin ella, me han tocado unos papás muy comprensivos que rápidamente atienden mis necesidades. Eso me hace feliz y, bueno, de eso es de lo que se trata. Porque esa es vuestra misión papás del mundo, ¡seamos BAD o no!

Y como además de demandante soy generoso, hoy dejo un vídeo en el que demuestro que muchas (muchas) veces también puedo ser anti-BAD :P

La casita del campo

por Se el 30 de noviembre de 2011 en La vida de Leo, La vida de Luca

Este fin de semana hemos estado de turismo rural. Eso para alguien que viva en una gran cuidad rodeado de asfalto, luces, ruido y contaminación debe ser lo más. Desconectar del estrés de atascos y aglomeraciones varias y perderse en alguna casita en medio del campo seguro que les ayuda a relajarse y a respirar aire puro. Pero si ya de por sí vives entre olivos y a un tiro de piedra de cualquier terruño, lo de la casita no parece que sea un plan demasiado novedoso… ¡a menos que vayas con un montón de amigos!

Es lo que hemos hecho nosotros. Porque sí, porque hay vida más allá de las salidas al Carrefour, a veces nuestros papás se apiadan de estos dos pequeñajos que necesitan cambiar de aires de vez en cuando para, a su manera, buscar también un poco de paz y tranquilidad.

La verdad es que no tuvimos que irnos muy lejos, que para eso tenemos a un paso el Parque Natural más grande de toda España. Lo que se suele buscar cuando se hacen este tipo de excursiones es contacto directo con la naturaleza, pero en nuestro caso esta necesidad está más que cubierta. Por eso lo que realmente fuimos buscando nosotros era pasar unos días con nuestros amigos, que con esto de que ahora pasamos más tiempo encerrados que en la calle ya casi no nos vemos. Y no, eso no es bueno. Así que allá que nos fuimos cargados de, de… ¡de todo! Madre del amor hermoso, ¡si parecía que nos mudábamos! El salón de la casita nada más llegar parecía la sección de puericultura y equipajes de El Corte Inglés. Maletas por aquí, parques cuna por allá, bolsas llenas de juguetes varios, biberones, silletas… Pero es que claro, éramos cinco niños en total de seis meses a tres años, ocho adultos y una perra que no era precisamente una chihuaha. Bueno, y eso sin contar que los mayores llevaban víveres como para sobrevivir todo el invierno. Vamos, que si ese día hubiera caído un nevisco y nos deja allí incomunicados una semana seguro que no pasamos hambre. Ni sed, claro está, que todo el colesterol que llevaron había que mojarlo con algo…

Lo primero que hicimos nada más aterrizar fue encender la chimenea, que para eso se va a una casa en el campo, para vivir en plan rústico. Lo último que hicimos antes de irnos el domingo fue apagarla. Entre estos dos momentos no le faltó llama, ni de día ni de noche. Y es que claro, siempre necesitábamos de unas buenas ascuas para cocinar algún derivado cerdícola, asar unas castañas o dorarnos unas rebanaditas de pan para hacer unas ricas tostadas con aceite. Sí, amigos, ese es el segundo objetivo de una escapada rural, comer, comer y comer sea la hora del día que sea. Aunque como no sólo de carnaza vive el hombre, también pudimos probar una deliciosa paellita digna del mejor restaurante de la costa levantina.

Jugamos en el jardín de la casa, en el salón de la casa, en los dormitorios de la casa… sí, puede decirse que jugamos un montón.

Vimos dibujitos todos juntos, cantamos, dibujamos y disfrutamos un montón los unos de los otros.

Y bueno sí, ya que estábamos admiramos el paisaje y aunque algunos tuvieran más que visto el lugar, también salimos a pasear por el pueblo.

Y a pesar de que más de uno pensara que aquello de juntar a tanto chiquillo acabaría con los nervios del personal, podemos decir que al final ha sido un fin de semana fenomenal. Buen tiempo, buena compañía y ningún niño malito, ¿para cuando la próxima chicos?

Un beso a nuestros amigos Juan Antonio, Lidia y Carla :)

El otoño

por Se el 27 de noviembre de 2011 en La vida de Leo

Porque no sólo de letras vive el niño, en clase también estamos estudiando estos días el otoño. ¿Y por qué el otoño? Pues es evidente. No hay más que mirar por la ventana para entenderlo: hojas amarillas que caen de los árboles, viento frío que sopla, charcos en la calle, gente con abrigo… Sí, estamos en la estación de las castañas, así que el tema nos venía como anillo al dedo para comenzar con los proyectos del cole.

Desde hace unas semanas parte de nuestro horario lo dedicamos a realizar tareas relacionadas con el otoño. A la hora de colorear pintamos hojas, árboles, frutos, prendas y objetos propios de esta estación, cantamos canciones, aprendemos poesías… Pero eso no es todo, que en casa también tuvimos que hacer deberes y todo. Nuestra seño les pidió a los papis que nos ayudaran a recopilar información sobre el tema, así que en casa, que somos muy aplicados, nos pusimos manos a la obra. La parte que más me gustó fue la de recoger hojas secas. Encontré algunas realmente enormes, tanto que no me cabían en la bolsa donde las guardaba y tuve que llevalas en la mano. Luego hice de reportero gráfico y con una cámara de verdad (¡de verdad!) saqué unas cuantas fotos representativas: un charco, un cielo gris, un árbol pelado… Y para terminar mi mamá y yo descuartizamos una revista e hicimos un collage con con los colores del otoño: amarillo, naranja, rojo y marrón. Bueno, siendo sincero he de decir que la que recortó fue mi mamá, pero eso es porque a mí no me dejan usar aún las tijeras. Yo me centré en la parte del pegamento, aunque cuando empecé a mezclar colores y a pegar aquí y allá mi mamá decidió que mejor lo terminaba ella. Muy mal mamá, porque se trataba de hacerlo juntos, no de que quedara bonito. Así que la próxima vez ya lo sabes, déjame a mi aire y no limites mi enorme creatividad: Bueno, vale, yo prometo no irme a ver Clan a mitad del trabajo…

Con todo lo que cada niño llevó a clase nuestra seño hizo un precioso mural y hasta un centro decorativo que ya lo quisiera la Preysler en una de sus fiestas de los bombones. Y para que los papás vean las cositas que vamos haciendo, de vez en cuando coloca nuestras creaciones en un tablón en el pasillo.

Me está gustando un montón este proyecto. En casa ando todo el día canturreando la canción del otoño y desde que mi mamá descubrió que además me sé una poesía, no para de pedirme que se la repita una y otra vez.

<"

Podéis añadir declamador profesional a mi curriculum ;)

Depredador

por Se el 24 de noviembre de 2011 en La vida de Luca

Depredador y presa se buscan con sus sentidos a flor de piel.

Las ventajas que disfrutan el uno sobre el otro están muy equilibradas. Aunque se trata de un depredador superior, el bebé no está demasiado bien armado. No tiene dientes, su sentido del equilibrio aún está desarrollándose y todavía no posee el control absoluto sobre los movimientos de su cuerpo. Sin embargo, está diseñado para la caza de precisión.

Aunque su camuflaje no sea del todo perfecto, por culpa de los coloridos modelitos que le pone su mamá, procura siempre alcanzar la distancia de ataque sin ser detectado. Esa ditancia es crucial.

Para la presa, vivir en manada sirve de protección. Hay más cacharros capaces de dar la alarma, sobre todo si tienen luces y sonidos, y existe un riesgo menor de ser el elegido. Pero el bebé es paciente y suele tomarse su tiempo antes de decidir qué presa va a atacar. Sus ojos abarcan un enorme campo de visión, y luego se clavan en su víctima. Certero, se abalanza sobre ella con una rapidez tal que impide cualquier clase de resistencia.

Para asegurarse la captura, el depredador utiliza su arma más letal, su enorme fuerza de agarre. En ese momento toda su energía muscular está concentrada en mantener a la víctima entre sus manos. Ahora, todo ha terminado. Las manos del bebé depredador se llevan la presa a la boca, donde la muerde, la babea, la chupa y le extrae toda su esencia juguetil.

El depredador ha vuelto a ganar. La presa, indefensa, ha caído en sus garras.

Y aunque estas presas no hacen fondo de estómago ni aportan calorías, para el depredador eso no es lo importante, que con su otra dieta y en plan salvaje, o sea, tal y como vino al mundo, ya va por 8.910 gr. Casi nada.

En ocasiones veo letras. . .

por Se el 21 de noviembre de 2011 en La vida de Leo

Es posible que alguien piense que quizás me esté volviendo un tanto repetitivo-cansino-pesado con los temas de mis post últimamente. Aunque mejor habría que decir con el monotema: las letras. Pero es que ellas son mi gran-enorme-gigantesco descubrimiento de los últimos meses y, claro, normal que quiera estar todo el día dándole vueltas al asunto. Soy como Newton después de descubrir la gravedad, como Galileo tras afirmar lo de que la Tierra era redonda o como Einstein y su E igual a M por C al cuadrado (¡letras!). O si no a ver de qué estuvieron ellos hablando todo el santísimo día desde que lanzaron a la comunidad científica sus hallazgos. Pues el uno de lo que nos mantiene con los pies en el suelo, el otro de por aquí también puedo llegar a las Indias y el último de lo del tiempo y el espacio. Y lo famosos que se hicieron y lo que contribuyeron al mundo de la física. Pues yo lo mismo, sólo que en mi caso hablo de letras.

Y es que aunque pretendiera evitarlas me es más que imposible porque allá donde mire es lo único que veo. He visto una V en la luna delantera del coche de mi papá un día que yendo al cole tempranito dos gotas de agua que caían fueron a converger dejando tras de sí un caminito que asemejaba esa letra. He visto una L en uno de los gusanitos que me comía una tarde después de merendar. Y cuando le di la vuelta al gusanito, sorpresa, allí estaba la J. He visto la C en la galleta de chocolate que le quité a mamá después de pegarle un buen bocado y la O en una baba de mi hermano Luca sobre la sábana. He visto, he visto… ¡he visto todas las letras!

Pero lo mejor de todo esto es que ahora no sólo las veo sino que además algunas hasta las escribo. Empecé con la A, siempre se empieza con la A… y bueno, superado con nota lo de la montañita y el palito ahora en clase estamos con la E (un palito para abajo, una patita allí, otra patita allí y otra patita allí). Aunque como yo soy un tío muy espabilado no dejo que la cosa se quede ahí, no. Porque aprovechando que mis papás me pusieron un nombre tan corto (y tan bonito), y que dos de las tres letras que lo forman ya las sé escribir, que con eso de que la O es un circulito y las formas ya las traía estudiadas de la guarde… ¡he aprendido a escribir mi nombre! Ay, mi primera palabra escrita con sentido, ¡qué ilusión! Sólo quedaba añadir la L, y mi seño que es muy enrollada me ha enseñado a hacerlo (un palito para abajo, y un asiento). Así que juntando una y otra he conseguido ser de los primeros en poder firmar con su nombre de pila todas sus obras de arte (lo siento por Juan Manuel o Francisco José, pero son las ventajas del short name). ¡Y ya soy un experto!

El resultado de tanto escribir está más que claro, ¡Leo, Leo y Leo por todas partes!

Y como con esto de estar en el siglo XXI la práctica digital de la escritura también es importante últimamente también escribo en el ordenador, aunque eso sí, estoy deseando ver a mi tita Teresa para que me deje su súper teléfono con su recién instalada aplicación de ABCkit (gracias mamá de Laia y Àlex ;) ) para hacerlo con mi propio dedito, ¡debe molar un montón!

Seis meses

por Se el 18 de noviembre de 2011 en La vida de Luca

Seis meses, sí, ¡seis! O lo que es lo mismo, medio añito. Ay, ay, ¡que ya voy camino de mi primer cumpleaños! Si al final estos mayores van a tener razón y va a ser cierto eso de que el tiempo pasa demasiado deprisa… Porque ya véis, hace apenas unos días como aquél que dice yo era un bebé pequeñito que apenas era capaz de sostener su propia cabezota, al que le costaba controlar los movimientos de su cuerpo, que miraba sin ver o que lloraba porque quería estar todo el día en brazos. Y ahora… bueno, exceptuado lo de los lloriqueos y el garrapatismo encontraréis a un bebé mucho más resuelto, uno que empieza a socializar con la gente, que sabe cuándo y a quién ha de sonreír para ganarse unos mimitos extra y que sí, cada día está más guapo. Que no es que me lo tenga creído, ¿eh? Es que la gente sigue diciéndole a mis papás que soy un bebé de anuncio por lo gordito y lustroso que soy, por mis mofletes, por esos ojitos míos de largas pestañas que enamoran a cualquiera, mi rubia cabellera y mi simpatía innata. Lo que no saben es que además quedo muy bien ante la cámara, así que sí, es posible que estén perdiendo el tiempo y desaprovechando mi potencial de modelo de papillas, leches, pañales o ropa mini. Aunque bueno, tampoco es que me preocupe demasiado, porque si mi belleza natural sigue creciendo a este ritmo cuando llegue a los dieciocho seré tan, tan pero tan guapo que me lloverán las ofertas para las mejores pasarelas del mundo. Eso sí, teniendo en cuenta que mis carnes no aumenten en la misma proporción como pasa ahora… Y todo porque sigo siendo un lechón profesional, vamos, que poco me falta para sacarme el master en lactancia. Que sí, ¡que lo hemos conseguido! Hoy mi mamá y yo cumplimos con nuestro sexto mes de teta exclusiva, que por lo visto es lo que recomiendan los señores que saben de esto en el mundo. De momento, y exceptuando algún chupetón a un plátano o una pera o una cucharadita esporádica del puré de verduras de mi hermano (amén de los ineludibles medicamentos que por desgracia ya he probado) la leche tetuna es lo único que me ha alimentado hasta ahora. Y a ver quién es el listo que viéndome dice que no nos ha ido bien. Por eso, y aunque se supone que a partir de esta cifra de los seis meses, debería empezar a comer otras cositas, nosotros, como podemos y queremos, vamos a seguir como hasta ahora un poco más, aunque nos cueste discutir con los pediatras. Y poquito a poco, sin prisas pero sin pausas, iremos introduciendo otros alimentos en mi dieta.

Más cosas que han pasado en el último mes. A ver. Pues ya soy capaz de mantenerme sentado durante bastante tiempo. Sólo hay dos cosas que me desequilibran, una es mi hermano Leo, al que le divierte verme caer y por eso se empeña en empujarme, y la otra mi afán por comerme mis pies. Me inclino tanto hacia adelante que al final acabo cayendo de boca. Entonces es cuando me cabreo y me pongo a llorar. Otro de mis logros es que para alegría de las muñecas doloridas de mi mamá puedo ver más o menos tranquilamente Baby Macdonald hasta el minuto veintidos, momento en el que salen los pollitos de colores en la huevera, me harto, me cabreo y me pongo a llorar. También he descubierto lo que significa el juego en compañía y lo divertido que puede llegar a ser, sobre todo cuando tu compañero de juegos se llama Leo. Desde hace unas semanas Leo y yo nos reímos un montón juntos, sobre todo cuando se esconde para aparecer de pronto y decir… ¡Luqui! (y eso que mi mamá quería un nombre sin diminutivos…). Es muy gracioso, aunque cuando ya llevamos un rato haciendolo me canso. Sí, entonces es cuando me cabreo y me pongo a llorar.

Podría deducirse por todo esto que soy un poco cabreoso aunque yo, la verdad, prefiero opinar que lo que soy en un niño inquieto ávido de conocimiento. Por eso cuando llevo diez minutos en una habitación me cabreo y lloro, porque esa ya la tengo vista y quiero que me lleven a otra a ver qué encuentro de nuevo en ella. Los mayores dicen que esta actitud descubridora no es muy compatible que digamos con la época del año en la que estamos, pero es que no lo puedo evitar, me agobia lo de estar en el mismo sitio enseguida, ¡necesito ver mundo! Aunque eso sí, verlo en brazos. Pero no en unos cualquiera no, tiene que ser en los de mamá. He leído que alrededor de los ocho meses los bebés experimentan una cosa llamada angustia de separación. Yo no sé si será eso lo que me pasa, pero lo que es cierto es que en este último mes he desarrollado todos sus síntomas, o lo que es lo mismo, sólo quiero estar con mamá y me pongo a llorar (mucho) cada vez que no está o simplemente cuando la veo desaparecer por la puerta. Pero a ver, imaginad que vuestro frigorífico se larga de la cocina y no sabéis si va a volver o no, ¿eso no os desesperaría? O si la cama os dijera, hala, que me voy a dar una vuelta, ¿verdad que sería inquietante? Pues eso es lo que me pasa a mí, mi mamá es mi alimento y mi lugar de descanso (entre otras muchas cosas) y cuando no está pienso que ambas cosas me van a faltar y no, ¡no puedo soportarlo!

Por lo demás sigo creciendo fenomenal. Llorón, pero bien. Ahora soy capaz de localizar un objeto de mi entorno, cogerlo y llevármelo a la boca. Por que sí, amigos, todo lo que está a mi alcance, llámese cable del aparato equis, ropa, toallitas, juguete de turno o cara de alguien, va a la boca. Eso sí, al menos ya no babeo tanto como antes, cosa que según mi mamá es de agradecer porque por lo visto ya la ropa no se seca tan rápido como en verano. Hay cosas que me encantan y me hacen reír, como la luz de las escaleras de la casa de mi abuelo, la puerta del cole de Leo, las motitas de polvo que se ven a traves de los rayos del sol (¡no hay quien las coja!), mirarme en el espejo o las cosquillas y pedorretas que me hacen mis papás en la barrigota. Y ponerme a chillar, ¡eso me divierte un montón! Y aunque no habrá medidas oficiales hasta que el próximo lunes vaya a la ITB de turno, me parece que ya debo estar cerquita de los 9 kilazos, lo cual significa que hoy mismo pasamos a la talla 4 de pañales y que muy pronto podré ir en el coche como el resto de pasajeros, mirando hacia adelante. Estoy empezando a pensar que esto de crecer… ¡sólo tiene ventajas!

Nota mental: Andarme con mucho ojo el día antes de cumplir los nueve meses. Por lo visto alguna extraña maldición recae sobre mis cumplemeses múltiplo de tres, concretamente sobre la víspera. Porque si ya en el mes de agosto experimenté la caída libre desde mi cambiador, ayer, a pesar de las precauciones tomadas desde entonces, volví a hacerlo, esta vez y por suerte desde la cama de mi hermano, que es mucho más bajita. Y es que… ¡me falta sitio para rodar y rodar!

Vehículos XXL

por Se el 16 de noviembre de 2011 en La vida de Leo

Los que vivimos en un sitio pequeño como yo estamos rodeados de cosas idem. Pequeñas, quiero decir. Nuestros parques, nuestras tiendas, nuestras calles… Incluso nuestros colegios, sí, aquí todo es de reducidas dimensiones. Olvidaos encontrar centros comerciales con pistas de esquí incluidas, edificios de más de tres plantas o inmensas avenidas llenas de semáforos. Esto, entre otras cosas, supone que nuestras posibilidades de ocio sean bastante limitadas, aunque yo, como chico optimista que soy, prefiero quedarme con lo bueno de vivir en el campo: aire puro, espacios abiertos y mucha tranquilidad. Sólo hay unas cuantas excepciones a esta regla de lo diminuto, que por aquí hay unas cuantas cosas que sí que son grandes de verdad. Una es la gente, y como ejemplo, un servidor. Otra es los olivos, esos viejos árboles centenarios que ahí todo enfiladitos conforman nuestro paisaje. Y la otra, los vehículos.

Se acerca el mes de diciembre, que es cuando comienza la recogida de la aceituna. Es una época un tanto extraña porque mientras en otros sitios más grandes las calles se llenan de luces y adornos de Navidad en la mía lo único que puedes encontrar son tractores: azules, verdes (mis favoritos, ¡los John Deere!), amarillos, rojos… los hay de todos los colores. Algunos llevan remolque, otros algún apero, pero eso sí, todos incluyen una luz como la de los coches de policía, sólo que esta no hace ni no, ni no, ni, noooooo. Aunque no importa, porque cuando se hace de noche, cosa que ahora ocurre demasiado pronto para mi gusto, y los ves a todos desfilar con su luz es muy chulo. Aún no conozco ningún niño al que no le gusten los tractores así que en ese sentido puedo considerarme más afortunado que alguno que viva en una gran cuidad, porque allí, la verdad, pocos de estos podrán ver.

Y hablando de vehículos grandes… bueno, vale, ya sé que estos no son endémicos de los sitios chicos como mi pueblo, pero, ¿verdad que también molan los autobuses? A mí es que me chiflan desde que era bien pequeñito. De hecho una de las primeras palabras que aprendí a decir fue “bus“, cosa bastante lógica si tenemos en cuenta que me he criado prácticamente en la calle y justo al lado de casa está la parada. He visto cientos de ellos y, aunque suene exagerado decirlo, me emociono con el último como si fuera el primero. Al principio sólo los señalaba y gritaba, pero cuando me dí cuenta de que pueden ser interactivos empecé a saludarlos con el mismo ímpetu que demuestro en todo lo que hago y claro, ¿quién puede resistirse a un niño sonriente de tres años agitando la mano desde la acera? Pues es evidente, nadie. Así que los señores autobuseros, muchos de los cuales ya son amigos míos, empezaron a tocar el claxon cada vez que pasaban por mi lado. Sí, el sonido asusta un poco, pero al final acabas acostumbrándote. Ahora no importa que sea el de las 8:50 de la mañana (cuando me voy al cole), el de las 14:30 o el de las 18:15 que viene de Granada (podéis preguntarme horarios y destinos, me los sé toditos), que autobús que pase y salude, autobús que me pita. Y yo… ¡entusiasmado!

Maestro de diversión

por Se el 13 de noviembre de 2011 en La vida de Luca

Cuando nací todo el mundo me decía la enorme suerte que tenía de tener un hermano mayor. Pero no uno cualquiera, no, uno como Leo. Y es que por lo visto el chaval se hace querer un montón, gracias, entre otras cosas, a ese carácter suyo tan abierto y espontáneo. Lo saludan los abuelillos del parque, los autobuseros que pasan por delante de la puerta de casa y un montón de señoras que no conocemos de nada pero que siempre nos dicen lo gracioso que es, supongo que porque alguna vez lo habrán visto en plena acción. Dicen que Leo es un crack… y empiezo a estar de acuerdo.

Mis mañanas suelen ser tranquilas después de dejarlo en el cole. Desayuno en casa, siestecilla en mi fular, quizás un paseíto a comprar si el tiempo acompaña… pero es ver el reloj acercarse a las dos y empiezo a ponerme empachoso. Entonces los mayores comienzan a hacer conjeturas sobre el origen de mi malestar. ¿Será por hambre? ¡Pero si acaba de comer! ¿Será por sueño? ¡Pero si ha estado durmiendo hora y media! ¿Será por aburrimiento? ¡Pero si estamos en la calle! No, no se dan cuenta de que lo único que me pasa es que echo de menos a mi hermano. Por eso todos mis males se esfuman cuando lo veo aparecer sonriente por la puerta del colegio y viene corriendo hacia nosotros para abrazarnos, ¡ya está aquí Leo! Entonces me cambia el humor, empiezo a reír y a buscarlo para que me diga esas cositas que tanto me gustan como “hola chiquitín, ¿qué haces tú?“, “¡ay lo que te quiero!“, “Luquita, Luquita, Luquitaaaaa, ajooooo“, “mira el chiquituso, Lucaaaaaa” o eso que tanto he escuchado de “ay, ¡qué hermoso está!“. Entonces llegamos a casa y él empieza a hacer payasadas, finge caídas subiendo las escaleras, jugamos a perseguirlo, hacemos carreras de correpasillos… y en todos esos momentos río, río y vuelvo a reír.

Leo se pasa el día pendiente de mí. En cuanto se despierta lo primero que hace es preguntar si yo lo he hecho ya. Si la respuesta es sí corre a verme y a darme un abrazo. Si es que no espera no demasiado pacientemente a que lo haga. Al final con tanto preguntar acaba despertándome, pero como lo hace él no me importa, y por eso nada más verlo pegado a mi cara ¿sabéis lo que hago? Pues sí, sonreír. Siempre quiere tenerme cerca y aunque a veces es un poco brusco y/o borriquillo a mí me gusta un montón estar con él. Y se nota que voy haciéndome mayor porque cada día que pasa disfruto más de sus juegos, y lo que es mejor, porque puedo participar en ellos.

Ahora incluso, como ya me mantengo bastante bien sentado, podemos bañarnos juntos. Y en esto todo son ventajas porque dividimos el consumo de agua, el de electricidad y la logística asociada al momento baño pero… ¡multiplicamos la diversión! Un montón de espuma, juguetes acuáticos y la posibilidad de salpicar hasta el techo, ¡es genial!

Y aunque a veces soy yo el que ve sus dibujitos de niño grande a Leo no le importa que a la hora de la cena pongamos Baby Macdonald una y otra vez (¡es que me troncho con la vaca!). Tampoco meterse conmigo en el parque a entretenerme mientras mi mamá necesita de sus dos manos para cubrir alguna necesidad básica o jugar con mis sonajeros de bebé. Y cuando mamá nos viste iguales yo voy todo chulo luciendo el mismo palmito que mi súper hermano mayor, el inigualable, el inconfundible…
¡Leo el grande!

Leo y Luca en nunca jamás funciona con WordPress | Acceder
Suscríbete a las entradas y a los comentarios.