En modo Navidad
Me parece increible que ya sea 9 de diciembre y yo todavía no haya hablado de Navidad. Que los de la lotería llevan vendiendo décimos desde que aún cantaban las chicharras y yo lucía cuerpazo en bañador, que los de los mantecados y turrones hace ya meses que agotaron las existencias de harina y almendras, ¡que los juguetes se salen por las puertas de las tiendas desde hace semanas! Y bueno, no será porque este año no hemos comenzado pronto… Pero es que, digo yo, ya que te pones a plantar árboles en el salón de casa y a llenarlos de figuritas varias al tiempo que haces una reconstrucción a escala más o menos exacta del Belén de hace más de dos mil años, lo suyo es que lo hagas con tiempo y así lo puedas disfrutar lo máximo posible, ¿no creeis?
Pues eso es lo que hemos hecho nosotros este año. Normalmente esperábamos a que llegara esta especie de puente-acueducto del mes de diciembre, que este año nos ha dejado sólo dos días de clase en toda la semana, para poner la casa en modo Navidad. Pero con la excusa de inaugurar un calendario de adviento que me ha hecho mi mamá, ella, que para qué vamos a negarlo, es la que decide estas cosas en casa, pensó que ya puestos dedicábamos una tarde del recién estrenado mes de diciembre a hacer de decoradores.
Con toda la paciencia del mundo… bueno, con toda la que te permite tener un niño de tres años que no para quieto y un bebé de seis meses y medio que ha venido a hacer santo al primero, mamá me explicó que el mes que acababa de comenzar era el de la Navidad, esa época del año en que se celebra el nacimiento del niño Jesús, te juntas con la familia, empieza un nuevo año y sí, ¡en la que vienen los Reyes Magos! Y que aunque los de la lotería, los mantecados y turrones y los de los juguetes se empeñen en adelantarla, no comienza oficialmente hasta el día 24. Y eso es lo que íbamos a contar con ese calendario, los días que faltaban a partir de ese momento para que llegara la Navidad (y ya de paso, repasar los números, que esta no pierde ocasión para afianzar mis conocimientos).

Por lo visto cada sobrecito contenía un regalito y debía esperar a que llegara el día correspondiente para abrirlo y descubrirlo. Sí, claro, dile tú a un niño que tiene un montón de sorpresas ante sí que no puede abrirlas todas de golpe, a ver qué hace. Pues lo normal, que en cuanto abre el uno pues quiere abrir el dos, y luego el tres, el cuatro… Pero no, abrí el uno, me comí el coche de chocolate que escondía y me tuve que esperar al día siguiente para seguir abriendo sobres.

Suerte que acepté lo de la espera, que si no ya veía al Rey dando el discurso el mismo día uno…

Lo del árbol ya más o menos sabía cómo iba, que ya el año pasado me titulé en lo de colgador de bolitas. El árbol sigue siendo el mismo, los adornos siguen siendo los mismos y hasta las luces con música incluida, también las mismas. Pero yo… yo sí que he cambiado. Ahora soy un niño decidido, independiente y con carácter así que lo que entonces hice con ayuda este año he exigido hacerlo yo solito. Porque sí, proque me basto y me sobro para dejar el abeto que ni el de la Puerta del Sol.

Después de acabar mi obra vino mamá. Siempre viene mamá. Me dijo que si es que en el árbol había no sé qué agujero negro que tendía a tragarse las bolas y por eso todas estaban concentradas en el mismo sitio, esperando a ser devoradas. Yo la miré con cara de “pero qué narices me estás contando, mamá, si está la mar de bonito”. Ella decía que uy sí, que qué maravilla de árbol, que qué precioso me había quedado, que era el campeón de las bolas… pero que mejor las poníamos así, asá, subíamos esta, bajábamos la otra… vamos, ¡que mejor lo hacíamos a su manera! De nuevo la ortodoxia y la simetría se impuseron a la creativividad, pero te lo advierto mamá, que esto no quedará así. Algún día tendré mi propio arbolito y lo dejaré como a mí me dé la gana, ¿entendido? Pues eso,
¡Feliz pre-navidad!

















