No, de momeno no estoy en los altares, aunque méritos para ello tengo unos cuantos. Por ejemplo, soy un buen estudiante que ya se sabe casi todas las letras del abecedario (las últimas en identificar, la G y la H), gracioso como yo sólo, simpático, alegre, cariñoso y el mejor hermano mayor del mundo mundial, que ese pequeñajo que ahora anda un poco bronquítico me tiene robado el corazón. Sin embargo, y siempre según el dudoso criterio de mis papás, por lo visto a veces soy un poco desobediente, lo cual me resta algunos puntos en esto de la carrera celestial. Pero a ver, quién me dice mí que San Anacleto o San Judas Tadeo nunca tuvieron tres años e hicieron las travesuras propias de su edad, ¿eh? Más aún, seguro que hasta el mismísimo Jesucristo se hubiera columpiado de la puerta de la lavadora si por aquél entonces hubiera habido lavadoras. O quién sabe si no hubiera pintado en los muebles de su cuarto con sus rotuladores de Pocoyó si la tienda de las letras amarillas hubiera abierto sede en Nazaret y los Reyes Magos en lugar de traerle esas cosas tan raras que le llevaron le hubieran dejado las pinturas del niño de azul como a mí.
En fin, que me enrollo y no digo lo realmente importante, aunque como sois muy listos seguro que ya lo habéis adivinado. Efectivamente…
¡HOY ES MI SANTO!
Y este año que ya soy mucho más consciente de lo que eso significa pienso pasármelo bomba. Porque habrá regalos y el famoso bizcocho de papá para merendar, muchos besos y felicitaciones y hasta un detallito súper chulo para mis compañeros de cole cortesía de la mejor repostera aficionada del mundo mundial, mi tita Teresa.
Así que hoy toca fiesta, que para eso es mi día especial. ¡A divertirse!
No dejéis de pasar por el blog de mamimanitas para ver mis fabulosas galletas. Otra vez, y ya van unas cuantas… ¡GRACIAS TITA!
Estoy un poco mosqueado. Resulta que uno vino a nacer en una época del año en que los días están cargados de luz, el solecito calienta y apenas se necesita ropa para estar guapo. Así, disfrutando del buen tiempo y en la calle, he pasado los cinco primeros meses de mi vida. Pero ahora, lamentablemente, la cosa ha cambiado.
Empezó como el que no quiere la cosa cuando esos pantalocillos cortos que mi mamá me ponía y que dejaban al aire mis torneadas carnes fueron sustituidos por otros de pernera larga. Luego lo que se cubrieron fueron mis bracitos. Y yo no lo entendía. ¿Acaso ya no estaba bien visto lo de ir enseñando mis arruguitas? Con lo bien que yo las lucía… Total, que hasta ahí vale, iba más recatado pero seguía tardando poco en vestirme. Lo malo comenzó cuando a mis prendas de uso diario se añadió una especie de camiseta abotonada por encima del pañal, el body, que según tengo entendido me acompañará hasta por lo menos mi primer cumpleaños. Una gracia. Mi mamá se empeña en ponérmelo cada día, a pesar de que cuando hago una de mis megacacas rebosantes lo pongo espesico y hay que cambiarlo, cosa que me cabrea sobremanera. No, no me gusta que me pongan ropa, así que entenderéis por qué estoy tan enfadado, porque después del body vinieron las sudaderas y jerséis varios y lo peor, el abrigo. Desde hace una semana voy tan empaquetado cuando salgo a la calle que no puedo ni moverme. Y encima luego se quejan de que si monto tal o cual pollo mientras me visten, ¿pues no veis que es que no lo soporto?
Mis papás dicen que lo de vestirme en plan cebolla es por mi bien, porque ahora hace mucho frío y hay por ahí un montón de bichejos indeseables deseando encontrar un tierno y cálido cuerpecito como el mío para colonizarlo y hacer de las suyas. Por lo visto sus lugares favoritos para atacar son aquellos en los que se concentran niños, como la guardería o el cole. Y si no que se lo digan a mi hermano Leo, que no pilló su primera itis hasta que no pisó el famoso edificio multicolor. Se suponía que yo de eso me libraría, que de momento y por suerte para mí no me pondré el baby a cuadros en un tiempo, pero con lo que yo no contaba es con que los virus malvados vendrían directamente a mí. Porque son como Dios, omnipresentes, y porque aquello de “donde estén dos o más reunidos, allí estaré yo” también les es de aplicación. Y esos dos mismamente podemos ser Leo y yo. Él es el que trae los virus a casa y yo el que me los como con patatas.
Desde hace casi un mes encadeno un resfriado detrás de otro. Los mocos se han adueñado de mí y no hay manera de esquivarlos. Ya sé lo que es un antibiótico, el paracetamol (que estuve con fiebre un par de días), el agua de mar y el sacamocos. Ha habido noches en las que lo he pasado realmente mal porque no podía respirar y me despertaba cada dos por tres. Y si encima sumamos la tos pues os podéis imaginar el cuadro.
La verdad es que doy mucha lastimica, porque soy tan pequeño… No entiendo porqué nos lanzan al mundo así, tan indefensos. Sin saber caminar, ni hablar y con un sistema inmunológico prácticamente inexistente. Vale, sí, sería raro nacer con tres o cuatro años (además de físicamente demoledor para nuestras mamás), pero es que eso nos ahorraría un montón de disgustos.
En fin, que por lo visto lo de “mocosos” no nos lo dicen en tono despectivo, resulta que es la cruda realidad. Ay, ¿se puede estar ya harto del frío aún cuando acabe de empezar?*
*: Podéis quitar los signos de interrogación
UPDATE:
Esta tarde he estado en la consulta de mi Doc y vengo un poco extrañado. Porque hasta donde yo tengo entendido el tipo es médico, de esos de fonendo y palito de madera, y no músico. Lo digo porque estando en su camilla me ha puesto una cosa que él ha llamado trompeta y me ha dicho que sea bueno y practique con el mismo instrumento en casa tres veces al día durante doce días. Creo que eso no me convertirá en Louis Armstrong, pero por lo visto aliviará la primera itis que han provocado esos indeseables mocajos colonizando mi pechito. Así es, tengo bronquitis. Ligera, pero bronquitis al fin y al cabo
Pero tranquilos, ¡acabaré con ellos como que me llamo Luca!
Hace apenas unas semanas escribí este post con vídeo incluido sobre cómo en clase estábamos empezando a estudiar las vocales. Entonces mi mamá utilizó un método un poco rudimentario para practicar en casa lo que allí habíamos aprendido. Por aquél entonces reconocía todas las vocales, aunque a la “E” me empeñara en llamarla por su mote, el peine roto. Además cuando veía escrito mi nombre sabía lo que ahí ponía, suerte lo de tenerlo cortito.
Pues bien, desde entonces he progresado un montón en esto del adecedario y además de las cinco amiguitas, ya sé un montón de consonantes. Casi todas las que he aprendido son las iniciales de los nombres de los compañeros de clase, que eso lo estamos trabajando mucho con unas láminas que nuestra súper seño Rocío (con erre) nos ha preparado. También ayuda que nos identifique cada una de las letras con un objeto, sí, como el peine roto. Así tenemos por ejemplo la lunita C, la serpiente S o el martillito T. Jo, ¡nunca pensé que aprender fuese tan divertido!
Ahora mi principal entretenta consiste en ir identificando letras. No importa que estemos en casa y las vea escritas en algún libro, en un folleto o en la tele. Tampoco que vayamos por la calle y estén un cartel publicitario o impresas en algún camión. Y siempre que veo la luna, aunque esté llena o en creciente la señalo y grito: “¡Mira, la lunita C de Carlos!”. Ay, si es que soy un monstruo…
Perdonad por la escasa calidad técnica de este vídeo, pero mamá lo grabó sosteniendo en la misma mano la cámara y a un bebé hiposo y un poco cabreado mientras con la otra me suministraba el material didáctico. Igual necesitamos un trípode. Para la cámara digo, no para el bebé
UPDATE:
Qué cabeza la mía. Se me ha olvidado decir que también estoy aprendiendo a escribir las letras. Y como siempre… ¡empezamos por la A!
Subimos una montañita… y bajamos… ¡y una rallita en medio!
Los mayores siempre se quejan de que los bebés venimos sin un manual de instrucciones que les ayude a solucionar los problemas que surgen en nuestro día a día o que les permita saber qué es lo que necesitamos para un correcto funcionamiento y mantenimiento. Claro, como si ellos llevaran el suyo debajo del brazo. Porque, seamos sinceros, por muy desarrollada que esté su capacidad comunicativa a ellos a veces tampoco hay quien los entienda. Que están deseando que caminemos y cuando lo hacemos nos meten en esa especie de cárcel multicolor que mi mamá está a punto de rescatar para que no vayamos por ahí destrozándoles la casa. Que esperan ansiosos que les digamos papá y mamá y cuando aprendemos a acompañar sus nombres de un “ven”, un “quiero” o un “tráeme” se hacen los suecos cada vez que los llamamos. Además, ni que nosotros fuéramos una tele o un tostador que pueden encender y apagar a su antojo. Que ahora me conviene que el niño esté espabilado y que haga gracias al personal, pues venga, lo pongo en modo on. Que lo que me interesa es que esté tranquilito, sin dar un ruido y si me apuras durmiendo, hala, lo pongo en modo off. Pues no señores, no tenemos ese botón mágico que a todos os gustaría que trajéramos de serie en la espalda. Aunque tal vez…
Me he planteado si desvelar o no el truquito que voy a contar a continuación, pero viendo que el del ruido blanco era desconocido para algunos y, sobre todo, apiadándome de los mayores (mereceré un premio a cambio) he decidido contarlo al gran público. Existe una artilugio muy sencillo, barato y generalmente fiable de ponernos en ese modo off que a veces los adultos necesitan para tranquilizar sus nervios: el chupete. Dicen que es por no sé qué succión no nutritiva que los bebés solemos calmaros chupando cosas y para eso inventaron el chupe, para cuando ya nos hemos cansado de comer, en mi caso de la teti de mamá (si, ¡incluso yo me canso!), y simplemente lo que queremos es chupar. Así que nos lo ponen y hala, ya no hay niño.
He de decir que yo me he resistido a hacer uso de este invento hasta hace apenas diez días. Bueno, no es que no lo quisiera, es que no sabía como mantenerlo en mi boca. Porque yo chupaba como si aquello fuera lo que me da de comer y no, por lo visto había que hacerlo de otra forma. Pero ya he aprendido, y gracias a ello les doy a mis papás algunos (sólo algunos) momentos de paz a lo largo del día. Ellos no entienden cómo un trozo de caucho puede obrar ese milagro, ni cómo a los bebés puede llegar a engancharnos tanto, pero es así. Misterios de la vida.
Así que, oficialmente, me he convertido en un chupóptero. Lo malo de todo es que he oído por ahí que luego, cuando a ellos ya no les interesa que lo tengas porque ya eres mayor, se te estropean los dientes y bla, bla, bla, van y te quitan eso que con tanto ahínco insistieron en colocarte en la boca, lo cual no me parece NADA justo (¿verdad Leo?). Ahora que lo pienso… tal vez no debería haber tenido consideración con los mayores y debería haberme guardado este gran secreto de la humanidad para mí solito. Ay, cuánto me queda por aprender…
Me gusta ser puntual. Si hay que llegar a un sitio intento siempre hacerlo a la hora a la que he sido citado. Bueno, menos para el médico. Aunque para el caso da lo mismo, ahí por mucho que me retrase siempre llegaré antes de lo que me toca, que hay que ver cómo está la sanidad.
Lo de la puntualidad es una virtud que he heredado de mis papás, que ellos se toman lo del o´clock al pie de la letra. De hecho creo que mi mamá ha sido la única novia que ha hecho tiempo esperando en el coche para llegar al altar de tan sobrada que iba. No obstante sé que hay que conceder unos minutos de rigor después de la hora pactada antes de empezar a considerar que a uno lo han dejado plantado o que se le tiene muy poco respeto, porque por todos es comprensible un imprevisto de última hora o simplemente porque la persona con la que has quedado es una tardona. Pero, ¿qué pasa cuando el retraso excede lo amistosamente tolerable? ¿Implica eso que alguien acabe enfadado? Mi respuesta inmediata fue que sí, pero luego pensando lo que el otoño ha tardado en llegar he reconsiderado mi respuesta.
Este año la estación de las castañas no se ha retrasado una semana, ni diez días, ni veinte, no, ha llegado casi un mes después de lo previsto, ¡y yo tan feliz! Porque gracias a eso he podido disfrutar en manga corta de muchas más tardes de parque de las que esperaba. Y aunque en clase mi seño Rocío nos había enseñado la canción del “otoño llegó, y el viento de otoño, sopla, soplará…” por ningún sitio veíamos las hojas marrones, ni la lluvia ni el viento que sopla, soplará. Hasta hace un par de días en que lo bueno se acabó por culpa de la primera borrasca de la temporada, que sí, trajo hojas marrones, lluvia y un montón de viento. Así que después de un montón de meses de salidas vespertinas ahora las tardes hemos de pasarlas en casa. Y no es que me importe, que por suerte tengo un cuarto de juegos para mí solito (vale, también para Luca ahora) y con un montón de juguetes que últimamente han estado un poco olvidados. Pero como siempre hay un pero, porque si me quedo en casa… ¿cuándo voy a ver a mis amigos del parque? Porque sí, a los del cole los veo cada día, pero ¿qué pasa con los otros? ¿Tengo que esperar a que llegue abril para volver a estar con ellos? Por suerte para nosotros no, que ya se sabe que si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Es por eso que mi amigo Fran se vino una tarde desagradablemente lluviosa a jugar a casa. Enseguida lo llevé a mi cuarto donde, como no podía ser de otra forma, empezamos a sacar todos mis juguetes. Hubo algún conflicto que otro por la posesión de alguno de ellos pero nada que no pudiéramos solucionar con la mediación de nuestras mamás. Suerte que botes de plastilina tenía unos cuantos y los repartimos como buenos amigos.
Merendamos juntos, cocinamos mis alimentos de plástico, hicimos carreras de coches… Mi mamá nos preparó además unas calabazas de Halloween para pintar pensando que la actividad nos mantendría ocupados un buen rato, aunque después de unos cuantos trazos naranjas decidimos que mejor nos íbamos con nuestros hermanitos a ver unos dibujos.
Fue una tarde muy divertida que espero repetir muchas veces cuando el mal tiempo no nos deje salir de casa, porque aunque eso sí, bien abrigados las carreras de motos tienen que disputarse al aire libre
Cuando un bebé llega a este mundo no suele hacerlo con un pan debejo del brazo, como dice la tradición, pero sí con un montón de preguntas por contestar. ¿Me querrán mucho, mucho mis papás? ¿Seré capaz de hablar como ellos algún día? ¿Volverán los días soleados y cálidos de verano? ¿Algún día correré una maratón? ¿Viajaré a Nueva York? ¿Me gustará el chorizo?
Casi todas estas dudas tienen respuesta, o al menos antes o después la tendrán. Pero hay otras que por mucho que crezca creo que nunca podré contestar, como por ejemplo a qué huelen las nubes o de qué color es el ruido. ¿O tal vez sí?
Resulta que soy un llorón. Sí, qué pasa, lo soy. Llorar es mi forma de comunicarme con el mundo y aunque ya hay estudios que demuestran que al hacerlo lo hago en mi lengua materna, que es el español, todavía por lo visto no se me entiende. Y si nuestro Senado admite el uso de todas las lenguas cooficiales del país a pesar de que haya senadores que no las entiendan y tengan que poner traductores para que sus señorías sepan de qué va la película no sé por qué leches no me ponen uno a mí. Total, también lo íbamos a pagar entre todos. Eso me ahorraría muchos problemas y berridos, que la verdad es que cuando me pongo, me pongo. Vamos, que en Torreperogil norte seguro que más de uno se ha acordado alguna vez de toda mi familia, bisabuelos y tatarabuelos incluidos. Pero qué le vamos a hacer, soy un chico de carácter fuerte al que le gusta expresar sus emociones. Puede que eso sea un imán para las chicas de aquí a unos cuantos años, que ya se sabe que a ellas les gustan los tipos aguerridos pero de trasfondo sensible, pero vamos, ahora lo único que consigo con eso es que a veces a mis papás les entren ganas de regalarme*. Suerte que poco a poco nos vamos conociendo y van sabiendo interpretar mis distintos tipos de llanto. Los más frecuentes son por hambre, por sueño y por aburrimiento. A los primeros son fáciles hacerles frente, pero para lo del aburrimiento… ahí hay que tener imaginación. Suele funcionar lo de quitarme los pantalones, como pasaba con Leo, que me lleven a ver a nuestro pajarillo, salir a la calle o… ¡el ruido blanco!
Que sí, que resulta que el ruido puede tener color. Y yo tan preocupado porque si era una de mis preguntas sin respuesta… Pues por lo visto el ruido que es como el caballo blanco de Santiago, o sea, blanco, favorece la relajación y el sueño. Dicen que es porque se asemeja bastante al sonido de los líquidos fluyendo y en general a la vida dentro del útero de nuestra mamá, el lugar más acogedor del mundo mundial. Así que a Dios gracias que en nuestra casa hay aspiradora, porque incluso en un ataque desgarrador de intento de comunicación guión llanto, el ruido que emite es capaz de calmar a este borriquillo que escribe. He aquí la prueba.
*: No me preocupo. Sé que lo dicen con la boca chica, pequeña, diminuta, casi enana…
Este post debería haberlo escrito hace tiempo, aunque al final entre unas cosas y otras se me pasó. Pero como más vale tarde que nunca, ahí va.
Recuerdo perfectamente el momento en el que vine al mundo hace poco más de tres años. Una chica de verde me sacó de dentro de mamá y me puso sobre su pecho mientras ella entre sonrisas y lágrimas, como si de una monja alpina liberada se tratase, me decía cositas y me limpiaba, que no veáis el pegajo con el que uno sale de ahí dentro. Instantes después una señora me cogió y me llevó aparte para pesarme, ponerme mi primera banderilla y vestirme. Fue en ese momento cuando me colocaron mi primer pañal.
Han sido cientos, probablemente miles los que he llevado en mis posaderas desde entonces. Sí, lo sé, no he contribuído demasiado con ello al mantenimiento de los recursos naturales del planeta, pero es que… ¡de alguna manera había que contener mis necesidades fisiológicas! Sin embargo el momento de dejarlos había llegado después de posponerlo el año pasado porque ni yo ni mis papás estábamos por la labor y de retrasarlo este porque no sabían cómo me iba a afectar la llegada de Luca. Ahora sin embargo no había vuelta atrás, los pañales ya sólo quedarían para el peque de la casa, que yo ya era un niño grande. Así que hicimos acopio de “zanzoncillos” de Mickey, de Cars y de dinosaurios varios y comenzamos la operación pañal en coordinación con la guarde. En casa anduve el primer fin de semana en plan comando, y yo tan feliz, que la verdad es que siempre he sido un poco exhibicionista. He de decir que el día 1 de la operación el fracaso fue total y absoluto. No voy a describir los detalles porque todo el que ha pasado por lo mismo ya los conoce. Pero como chico listo que soy rápidamente pillé onda y desde entonces con el número uno fuimos a las mil maravillas, apenas unos cuantos accidentes, todos porque andaba distraido con otras cosas. Tanto aprendí a controlarlo que incluso unos días después de comenzar estaba haciendo pipí en uno de los baños de la casa de mi abuelo cuando decidí que prefería hacerlo en el otro, así que corté el grifo, me bajé del váter y allá que me fui a continuar con el chorrito. Tampoco me da pudor hacerlo en la calle si es que estamos allí. De hecho varios árbolitos del parque he regado ya. Al principio mis papás me daban un premio cada vez que hacía pipí en el baño, casi siempre un globo que me encantan, pero viendo el ritmo tan bueno que llevaba, que hasta los pañales de la siesta y la noche los devolvía sequitos, los reservaron para el número dos, que con ese la verdad tuve más problemillas. Pero como a mí no hay nada que se me resista, en unas cuantas semanas también lo logré y ahora cada vez que descomo en el váter alegremente le digo adiós al regalito mientras tiro de la cisterna al grito de “Hala, ¡a Sevilla!“.
Así que ahí estoy, sin pañal desde hace ya tres meses ni de día ni de noche, como todo un campeón. Y aunque ahora no llevo contrapeso en el culete he conseguido reajustar mi centro de gravedad para que mi barrigota no me tire de boca, otro gran logro por mi parte. Sólo le veo un inconveniente a este tema, y es que ahora que ha llegado el frío no puedo ponerme body y me paso el día con los riñones al aire (y puede que también enseñando la hucha un poco…) Para mí no es problema, que yo más bien soy de naturaleza calurosa, pero mi mami que es una obsesa del abrigo está todo el tiempo detrás mía metiéndome la camiseta por el pantalón. Uf, ¡no quiero ni pensar cómo se pondrá cuando vaya asomando los calzoncillos por encima del vaquero!
¿Quién pronunció la frase “Nunca pensé que un trozo de tela pudiera proporcionar tanta felicidad a una persona“?
Venga, os doy varias opciones.
A. Adán después de comerse la manzana y al descubrir que todo el Paraíso le estaba viendo sus vegüenzas.
B. El gallego de las tiendas cuando consulta su cuenta bancaria.
C. El pequeño Luca cada vez que su mamá lo portea en su fular.
Pues no cabe la menor duda, la respuesta correcta es la C. Es un servidor, que no se cansa de comprobar día a día desde hace ya cinco meses cómo la vida tiene otro color cuando la vives pegadito a tu mamá, arropado por el calorcito de su cuerpo, el que pasa el tiempo feliz gracias a cinco metros de tela naranja que tras unas vueltas y algunos nudos se convierte en el mejor lugar desde el cual observar el mundo y pasear por él.
Lo nuestro fue amor a primera vista. Cuando uno acaba de abandonar la barriguita de su mamá, su único hogar conocido hasta entonces, puede que se encuentre desprotegido y perdido en la inmensidad de un capazo. Y digo puede porque es posible que a otros bebés sí que les guste lo de ir tumbados para dormir a pierna suelta. Pero ese no era mi caso, al menos después de mis dos primeras semanas de vida. Fue pasados esos días en los que uno se pasa la mayor parte del tiempo grogui cuando decidí que lo mío no era lo de estar separado de mamá, así que cuando me colocó en su fular volví a recuperar la seguridad y comodidad de las que disfrutaba cuando estaba dentro de ella. Y hasta ahora.
Al principio la gente nos miraba raro, como si mi mamá se hubiera escapado de la California de finales de los sesenta o algo por el estilo. Como siempre que se suele ver algo “nuevo” las primeras opiniones eran algo reticentes, que si hay que ver que lástima de mi espalda, que si me iba a ahogar, que ahí no podía estar cómodo… ¡he escuchado de todo! Pero mi mamá siempre respondía lo mismo: “¿Está durmiendo, no? Pues eso es que está feliz“. Sin embargo también es cierto que había un montón de gente que, quizás haciendo uso del sentido común, entendía que aquél era el mejor lugar para mí. Curiosamente muchas de ellas eran personas mayores, abuelillas que vivieron en la época pre-carritos.
Ahora casi todos donde vivo se han acostumbrados a verme en el fular naranja. Por las mañanas mamá me pasea en él mientras yo echo una siestecilla capaz de durar hasta hora y media, algo impensable si fuera en mi ya a punto de ser jubilado huevito, porque como oigo entre sueños “ahí estoy en la gloria“. Y por las tardes cuando salimos al parque con Leo, como ya no suelo dormir, mamá me coloca con un nudo a la cadera que me da más libertad de movimientos y me permite ir viéndolo todo, como a mí me gusta.
Puede que dentro de unas semanas, cuando pase a la silleta de mayores y vaya de cara al mundo, calentito dentro de mi saco verde pistacho, empiece a valorar la posibilidad de darle un poco de tregua a la espalda de mamá y admita salir sentado en ella, pero de momento no hay discusión posible, ¡yo voy en mi fular!
El parque es un sitio fantástico donde hacer infinidad de cosas. Puedes jugar con los columpios, la tierra o el agua, sentarte tranquilamente a comerte unos gusanitos en un banco o, por el contrario, practicar deporte mientras corres con tus amigos, con los que también puedes mantener una entretenida conversación sobre los temas más inverosímiles. Pero además en el parque se pueden recuperar tradiciones de antaño como por ejemplo el trueque, o lo que es lo mismo, el tú me das y yo te dejo.
No es raro que cada tarde aparezca ante mis papás con algo que no es mío. Normalmente es un vehículo no motorizado que he cambiado por mi moto o mi patinete. Es posible que lo que me presten sea otra moto, pero no importa, yo corro con ella a toda velocidad porque lo que cuenta es que no es la mía. Casi siempre suelo hacer el intercambio con mis amigos Fran o Rubén, aunque el que la otra parte sea conocida tampoco es imprescindible, con que el niño esté en el parque y tenga algo que yo quiera es suficiente.
Es así como he aprendido a pedalear. Yo no tengo bici, pero a fuerza de coger la de otros niños he descubierto que eso de los pedales no se me da nada mal. De hecho apenas me bastaron unas cuantas sesiones de vale-te-dejo-un-rato-mi-bici para dominar la técnica. Al principio no conseguía dar un giro completo a los pedales, les daba hasta la mitad, y luego otra vez y luego otra, y así conseguía avanzar. Pero no era cómodo y, siendo sincero, tampoco legal. Así que un día que el bocadillo de mortadela me dio la fuerza suficiente en las piernas conseguí hacerlos girar por completo. Y desde entonces no he parado.
Lo bueno de todo esto es que ahora por fin puedo conducir mi tractor John Deere y el triciclo que Alfonso y Ana me regalaron en mi segundo cumpleaños, que por lo visto lo de usarlos en plan Picapiedra no era lo suyo. A mí me gustaría tener mi propia bici, así que estoy pensando pedírsela a los Reyes Magos, aunque mi mamá dice que mejor exploto primero la opción del triciclo y dejo lo de la bici para mi cumple, porque aunque no tenemos que pagar impuesto de circulación por ninguno de mis vehículos tenemos ya el parque móvil que ni una Diputación. Yo opino que donde caben seis caben siete, pero ya sabéis que donde manda patrón no manda marinero. Así que nada, seguiré pedaleando en mi triciclo, que la verdad bien chulo que es, y de vez en cuando ya encontraré a alguien con quien hacer negocio de intercambio, ¡que le he echado el ojo a los patines de un niño!
Desde que nací todos los días 18 del calendario son especiales, pero este del mes de octubre lo es por partida doble porque no sólo es mi cumplemés, en este caso el número cinco, sino que además…
¡HOY ES MI SANTO!
Que sí hombre, que aunque en los calendarios ponga Lucas con ese de serpiente, hoy es mi día. Seguro que si fuera un piccolo bambino en vez de un pequeño niño no habría lugar a dudas, pero bueno, ya empiezo a acostumbrarme a lo de especificar de dónde viene mi nombre. Estos padres míos Esta madre mía… ¡en que estaría pensando! Menos mal que según Leo, que al pobre también lo frieron con lo del nombre, al final todos se acostumbran y pasado un tiempo dejan de preguntar y, en mi caso, mis papás dejan de especificar lo de “Luca, sin ese”.
Dicen que San Lucas fue un evangelista que nació en Antioquía (¿dónde estará eso?), que era de familia pagana y fue médico de profesión. Luego, evidentemente, se convirtió al cristanismo, que si no lo de “San” no se lo hubieran puesto tan fácilmente. De momento sólo tenemos en común que de entrada a ninguno nos bautizaron, pero quién sabe, igual algo se me pega del que da origen a mi nombre y acabo con bata blanca y estetoscopio para alegría inmensa de mis papás. O con sotana y en el Vaticano…
Según me cuenta Leo, que en estas cosas es la fuente de información más directa y fiable que conozco, el santo es como un minicumpleaños en el que hay una pequeña fiestecilla, regalos, felicitaciones e incluso hasta una tarta. Y nosotros como somos muy de celebraciones nos apuntamos a todo esto y más. Porque como ya he comentado, además hoy cumplo cinco meses.
El avance más significativo de estas últimas semanas tiene que ver con las manos. Poco a poco voy descubriendo que sirven para algo más que llevárselas a la boca hasta casi alcanzar la campanilla o arrancarle a mi mamá algún manojillo que otro de pelos. Ahora las controlo y las utilizo para atrapar los objetos que están a mi alcance. Es lo que Leo describió como la técnica del “agarring“. El problema es que a veces me cuesta un poquito y entonces, como chico de carácter, me cabreo un poco. Es lo mismo de siempre, como aún no sé hablar tengo que expresarme llorando. Pero esto también está empezando a cambiar. Quizás influido por Leo y su recién descubierta pasión por las letras últimamente pronuncio algunas consonantes, precisamente cuando lloro: eeeeeeeeennnne, eeeeeeeeennnne, eeeeeeeeennnne. Y más aún, que de vez en cuando me salen unos “ays” que ni cantando por soleares. Por lo demás sigo con mis pedorretas babosas y mis sonrisas y carcajadas a boca abierta, además de con mi enorme fuerza bruta que sigo desarrollando a base de teti, mucha teti. Hoy, por ser eso del cumplemés, mi mamá me ha llevado a pesar y atención, que sin haber comido antes, con el pañal sequito (de hecho ha aprovechado la báscula para descontaminarme antes) y sólo con unos vaqueros y camiseta los numeritos se han detenido en 8.700 gr, ahí es nada. A mí esto de tener buenas carnes me viene genial, sobre todo para el tema de las posaderas ahora que también he empezado a sentarme. Apenas son unos segundos los que me mantengo antes de caer como árbol talado, pero bueno, todo es cuestión de práctica. Lo sé porque a fuerza de intentarlo una y otra vez así es como he aprendido a girar sobre mí mismo. Aún me falta mucho para hacerlo con la rapidez y destreza de mi hermano Leo, pero ya soy capaz de girar de abajo a arriba y viceversa sin dificultad, ¿verdad que mola?
Sigo siendo un bebé muy inquieto al que le encanta salir a la calle, aunque en previsión de un invierno que dicen está por venir mis papás han empezado a sacar todos los juguetes de Leo aptos para mi edad para que me vaya familiarizando con ellos y las cuatro paredes que los albergan. Sobre todo me gustan los de lucecitas y sonidos, con esos son los que más me entretengo. Aunque la diversión a veces la encuentro en cosas no específicamente diseñadas para ello, como el paquete de toallitas que usan mis papás para limpiarme el culete: hace ruido, tiene llamativos colores y lo puedo coger muy fácilmente. Cada día duermo un poquito menos durante el día, hay demasiadas cosas por hacer y descubrir… ¡y no quiero perdérmelas!